La noche del bucanero

Para Marcial con mucho afecto.

Gabriel Mendoza

La noche de anoche fue la mejor de mi vida, aunque nada más cenamos tres rebanadas de jitomate por persona. Pero eso sí -como todas las noches- comimos con los cubiertos de plata. Hubo un sorbo de vino para cada quien, una galletita por cabeza a manera de postre, se sirvió un caldillo que pretendía ser café y mi abuelo se fumó la mitad del último puro de su caja. La había reservado para la ocasión junto con el fondo de la botella de anís que exprimió en una copita.

Todo el mundo se sentó bien derecho en la mesa, con la servilleta sobre las piernas, en espera de que mi pobre abuela repartiera sólo nueve de las doce monedas rojas que brillaban sobre el platón. Las tres restantes se reservaron para Manuelita, nuestra sirvienta, porque mi abuelo dice que aunque ella es india también come. Estaban dispuestos muy educadamente el cuchillo, el tenedor de carne, el tenedor de pescado, la cuchara sopera, la cucharita, la vajilla de porcelana china y en fin, todo, todo el cachivachero ése nomás para tres mugrosas obleas de jitomate adornadas con una ramita de perejil y párale de contar.

Bueno, estoy exagerando. La verdad es que venían condimentadas con aceite, vinagre y pimienta. Banquete biafrano, digamos. Aún así, lo comimos muy despacio. Nos tardamos todo lo que humanamente puede uno tardarse en comer tres rebanadas de jitomate. Mi abuelo exige que la cena sea pausada y yo creo que lo hace para dar la apariencia de que es muy abundante. El hombre hasta se dio el lujo de hacerse el magnánimo.

"No te vayas a indigestar" pensé yo, pero no dije nada por temor a echar a perder todos los planes que tenía sobre mi primera comunión. Además, me di cuenta de que el mañoso de mi abuelo se lució de mentiras. Había separado, para el niño, la rebanada que se veía más magullada. Viejo farolón. Y tan frescos y alechugados los ancianitos, plática y plática durante la sobremesa.

En realidad, aquello no sólo parecía la Última Cena sino que lo era. A mis abuelos ya se les acabó todo el dinero que tenían guardado, y en cuanto a la casa; hace más de una semana que el señor padre de mi madre se la jugó a la baraja y perdió. De modo que a estas alturas ya nomás les queda la estampa. Jodidos pero muy propios. Como dice mi abuelo: tiene más el rico cuando empobrece que el pobre cuando enriquece.

La única que faltó, como siempre, fue mi mamá. Y sinceramente no me acostumbro a que ya no cene con nosotros. Pero de todos modos lo disfruté muchísimo. No me importó que fuera poca la comida. Al fin y al cabo a mí eso de comerme tres rebanadas de jitomate y fingir que son unos lechones asados no me hizo ninguna gracia, pero mientras los abuelos estuvieran -o parecieran estar- tranquilos yo podía pensar con toda calma en las jugadas que iba a lanzar para concretar mi proyecto: la mejor primera comunión que haya tenido nadie en la vida. La verdad, ahora lo comprendo: soy un genio que se subestima, je, je, je.

Por otra parte, debo de reconocer que disfruté la cena de anoche, más que nada, por mi abuela. La pobre. Por primera vez desde que falta mi mamá no se vistió de luto, sino como ella dice de negrito. Ahora usa unos vestidos con pequeños lunares o florecitas blancas sobre fondo oscuro que también pueden ser lunares o florecitas oscuras sobre fondo blanco y el resultado es el mismo: se ve gris. Pero ella piensa que son un poco más alegres. Dios la bendiga. Del viejo ni qué decir: yo creo que aunque mañana nos tengamos que cenar una maceta del patio él no va a dejar de presentarse en la mesa con su traje de tres piezas y su leontina, a reclamar que por qué no le cocinaron la maceta con papas.

El único problema de la noche fue que mi abuelo me permitió cenar en el comedor. Desde que me tiene castigado en la cuevita jamás ceno con ellos, y precisamente anoche necesitaba quedarme castigado. Pero el pinche viejo hasta cuando me quiere hacer un bien me friega. La cuevita es un cuarto cerrado que queda bajo la escalera. Antes la utilizaban como despensa pero conmigo mi abuelo la estrenó como calabozo. Según él, todos los días me porto mal, de manera que me encierra casi a diario en la cuevita y su máximo castigo es darme el mamotreto de "Don Quijote de la Mancha" para que lo copie a mano. "Hasta que el niño no termine el libro no sale" le ordena mi abuela. Sin embargo, nunca me paso más de dos o tres días en la cuevita. Luego luego se le afloja la mano cuando no he terminado de copiar el primer capítulo. Lo malo es el calor, porque la cuevita está ubicada en el centro de la casa, que a su vez está ubicada en el centro del puerto de Veracruz.

De manera que anoche estaba yo dentro del calabozo, contando las telarañas a la luz de una vela y rógandole a todos los santos que mi abuelo se olvidara de mí al menos hasta el día siguiente, cuando escuché unos pasos sobre mi cabeza. Eran las ocho en punto. El viejo bajó las escaleras, según su costumbre, al terminar las sepulcrales campanadas del reloj de la sala. Se trata de un reloj de pared, todo desvencijado, que según esto mi abuela recibió de Don Porfirio como regalo de bodas. Así que da los campanazos todos descompasados y, parece mentira, pero el viejillo ridículo se espera casi cinco minutos parado en la escalera hasta que el bendito cacharro termina a duras penas de cumplir con su obligación. Los pasos de mi abuelo llegaron hasta el fin de la escalera y yo pensé: a todo dar, ahora cena y se acuesta a dormir. Pero no. De pronto, se abrió la puerta de la cuevita y el señor asomó sus bigotes de morsa.

Yo obedecí. Quería negarme pero hubiera resultado demasiado sospechoso. Por suerte había escondido el traje de mi primera comunión bajo la mesita de escribir, hecho un bulto. Así que el abuelo no lo vio. No obstante, tal situación planteaba el primer problema: ¿con qué pretexto regresaba yo a la cuevita a sacar el susodicho bulto, si mi abuelo se emperra en ser el último de la casa que sube a dormir? Estaba canijo. ¿Qué hacer? ¿Cómo puede un hombre joven salir de su casa a hacer su primera comunión, si su puñetero abuelo tiene la costumbre de acostarse sólo cuando la humanidad entera está babeando las almohadas? Caso difícil, sin duda. Había que encontrar la manera de que el abuelo me refundiera otra vez castigado en la cuevita. Por fortuna, la ocasión se presentó al terminar la cena. Mientras fumaba su colilla y se bebía su intento de anís, el viejo abrió el periódico y comentó:

Fue una jugada perfecta. Mi abuelo bajó el periódico y me lanzó una mirada de acero. "Pensé que querías dormir en tu cama" me dijo. Entonces se levantó sin hacer comentarios y volvió a abrir la puerta de la cuevita. Desde que tumbaron a Don Porfirio las palabras mágicas para encabritar a mi abuelo son exactamente ésas dos: viejos reaccionarios. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Me dolió un poco la cara que puso mi abuelita. Sé que le duele mucho que el abuelo me castigue, pero ni modo.

Después de que me dejaron encerrado, esperé hasta que los abuelos subieron a su cuarto. Pasó una eternidad para que se escuchara la puerta al cerrarse y luego otra para que se oyera la cama crujir. Al fin, llegó el silencio. Con toda calma, entonces, desenvolví el traje que usé en mi primera comunión de a mentiras y comencé a vestirme para la primera comunión de a de veras.

Soy un muchacho de catorce años. Por eso me rompe las pelotas que mi abuelo se refiera a mi persona como el niño. Si se me mira en un espejo podrá advertirse que soy alto, delgado y -modestia aparte- no tan mal parecido. En honor a la verdad, anoche mientras me ponía la camisa pensé que soy inteligente, que soy hábil y que el único pelo en la sopa de mi vida es que mi mamá se murió de parto hace dos meses. Es por eso que tengo que soportar al lunático de mi abuelo. Por eso tengo que vivir en su casa. Las cosas son simples, no hay que darles mucha vuelta. A un pendejo médico japonés se le ocurre meter mal unos fórceps y una mujer de treinta y tres años se desangra todita, me dije al abrocharme los pantalones. Una mujer bonita, que hasta el nombre tenía lindo: Rosaura. Una mujer que siempre le hizo bien a todo el que pudo. Por mi parte, un muchacho que se queda solo y punto. En algún momento quise creer que ella se fue al cielo, pero al anudarme los zapatos llegué a la conclusión de que si el cielo existiera mi mamá no se hubiera muerto tan joven.

En fin, que yo no quería hablar de esto. De lo que quería hablar era de que me vestí a todo lo que daba el trapo. El traje era a la última moda. Cruzado, de lino color arena, y con las hombreras como balcones. Mi mamá tuvo la sabia previsión de que el sastre le dejara mucha tela para donde crecer cuando el usuario creciera. Nada más hubo que bajarle la valenciana y las mangas. Luego saqué de su caja un sombrero panamá maravilloso cuyo único defecto era que me costó la mitad del importe que había de emplear para mi primera comunión. En cuanto a la corbata, estaba preciosa. Era de seda italiana azul. Ésa sí me la fiaron. Es que las corbatas de mi abuelo son insoportablemente porfiristas. Zapatos de salir. De dos colores, por supuesto. Y listo. Ni Emilio Tuero, el célebre Barítono de Argel, podría estar tan cuco. Me hubiera encantado que mi mamá me viera, y más me hubiera gustado pedirle que desde donde estuviera me ayudara a que todo saliera bien en mi primera comunión. Sólo que eso era demasiado.

Entonces surgió la segunda complicación técnica de la noche. Salir de la casa. Por lo que respecta a salir de la cuevita no hubo lío, pues mi abuelo no ha descubierto que instalé tremendo taquete de cartón en la cerradura, de modo que puedo dormir cómodamente en mi cama siempre y cuando guarde la precaución de levantarme antes que él y volverme a meter al calabozo. Pero salir a la calle era otro cantar. En primera instancia estaba la puerta, que en sí no representaba problema alguno porque se podía perfectamente salir por la ventana. En segunda instancia estaba el cancel de la calle que tampoco constituía obstáculo de consideración pues podía saltarse con facilidad. La bronca era que entre la ventana y el cancel estaba Herodes. Es un gran danés tan mamón como mi abuelo y tan interesado como él. A pesar de que esta última característica podía ser utilizada tácticamente, por desgracia no existía en la cocina alimento alguno con el cual sobornarlo y no se veía el modo de ganar su complicidad. Así que la misión corría serio peligro.

No obstante, yo iba demasiado encarrerado. Decidí jugármela. Comencé a salir por la ventana murmurando las consabidas palabras para tales casos: "perrito, perrito lindo, cuchicuchi, pórtate bien, yo te quiero mucho" y todas ésas payasadas, pero el piojoso animal comenzó a gruñir. Entonces comprobé que la inspiración existe, porque un rayo divino me iluminó. En plena nerviolera me dio por cantarle a Herodes una canción muy bonita de Cri-Crí que dice allá en la fuente, había un cachorrito. Y el perro que se calla tú. Me fui acercando a la reja, y mientras cantaba a media voz gesticulaba con las manos cuando el chorrito se hacía grandote y se hacía chiquito hasta que pude saltar los barrotes. Ya del otro lado de la reja, le terminé la canción al Herodes con un musical chinga a tu madre, tan-tán. Y sólo entonces el mejor amigo de mi abuelo salió de su marasmo. Ladró tantito pero yo ya estaba en la esquina.

Acto seguido, silbé la tonadilla de "Amorcito corazón". Se trata de una clave secreta que tengo con mi amigo el Topo. Inmediatamente salió a mi encuentro. Estaba dentro de un zaguán oscuro. "Este nunca me falla" pensé al ver la figura chaparra, prieta y peluda que le hace honor cumplido al apodo.

Pero tenía razón. A mi abuelo lo único que le falta es figurar en el reparto de "México de mis Recuerdos".

Y nos encaminamos al Bucanero, que es el único lugar del puerto donde uno puede hacer su primera comunión de manera decente. El establecimiento estaba repleto. Además, fue un triunfo que nos dejaran pasar. Parece que el puto alcalde jamás fue chamaco porque, según dijo el portero, por instrucciones suyas no pasaban menores de edad. Para colmo de males, hubo que aceitar al cancerbero con diez pesos por persona y el Topo no traía dinero. Es más, él nunca trae dinero pero es buen cuate. De manera que me quedaron nomás ochenta de los cien pesos que había ahorrado para la ocasión a costa de mucho sufrir. Comencé a inquietarme. El proyecto se veía en riesgo por falta de solvencia. La verdad es que uno debe celebrar su primera comunión con un ceremonial de la más alta calidad. Sería un sacrilegio no hacerlo. Sólo alcanzaba para tomar una cerveza cada quien y quedaba lo justo para oficiar el rito. Por primera vez comprendí porque mi abuelo habla de disciplina en el gasto público.

Adentro del Bucanero había lo de costumbre: humo de tabaco, una orquesta, mucho pelado, mucho baile, mucho alcohol y muchas -¿cómo decirlo?- señoritas. Estaban tocando una guaracha que las muchachas enfrentaban a pecho abierto contra el macuarraje. Todo parecía normal, e incluso el Topo y yo nos paramos en la barra para pedir la mentada cerveza, cuando sentí una mano en el hombro. Volví el rostro y se me pandearon las corvas. Era mi papá.

No obstante, contra lo que esperaba, su tono era afectuoso. Estaba un poco bebido, lo cual resultaba enteramente normal, ya que desde que murió mi mamá prácticamente no sale de las cantinas. Tenía mucho tiempo de no verlo y me hubiera gustado platicar largo rato con él. Pero la lengua no atinaba a soltarse. Por suerte, el Topo fue el que le salió al paso:

Mi padre me miró con los ojos vidriosos por el aguardiente durante los tres segundos más largos de mi vida.

En ese momento me dio una vergüenza atroz. Quise llorar, quise abrazarlo y decirle cuanto lo quería y hasta las ganas de hacer mi primera comunión se me quitaron. Pero me callé la boca. Mi papá pidió un tequila para él y ordenó cervezas para el Topo y para mí. Bebimos en silencio. Él miraba su copa, yo miraba al piso y el Topo le miraba las nalgas a una dama vestida de verde. Mi padre sacó una cajetilla de cigarros y me ofreció uno.

Los encendimos. Estuvo a punto de pegarme una tuberculosis con el dichoso cigarro. Me aguanté la tos a lo macho. Yo nunca había fumado pero no hubiera estado a tono despreciar el tabaco. Cuando recuperé el resuello, mi papá volvió a dirigirse a mí.

Durante noches enteras yo había soñado con la Faraona, que era la muchacha más bonita del Bucanero. Incluso a veces la seguía en el mercado por las mañanas, sin ningún resultado concreto, claro está. Alta, blanca, con un pelo negro de maravilla. Lo único que le faltaba para ser idéntica a María Félix era un diente. Sólo había una palabra para describirla: aerodinámica. Por desgracia, era la que cobraba más caro de todo el local.

Si hubiera podido, me habría postrado de hinojos a sus pies. Decididamente mi padre, era, como dice mi abuelita, un divino. Aquel hombre adorable llamó a la Faraona y le comentó algo al oído. La mujer me sonrió de lejos y se acerco hacia mí. "Ven conmigo" dijo, tomándome de la mano. Alcancé a escuchar que el Topo me gritaba "¡buen provecho manito!" y mientras subíamos las escaleras se me secó la garganta como si me hubiera tragado un bulto de cal. Había llegado la hora de la verdad.

Contra todas las expectativas, el cuarto resultó francamente indecente. Con todo lo que se cobraba por los tragos, con la participación que se llevaba el dueño en el negocio de las muchachas, en fin, hasta con el atraco del portero, no era posible que estos desgraciados tuvieran camas tan destartaladas. La luz era casi nula. El colchón olía a rata muerta. Hasta la puerta era de tablones y se cerraba con una tranca. En suma, el cuarto no daba para una primera comunión. Cuando mucho para una oración devota. Sin embargo, en cuanto la Faraona comenzó a quitarse la ropa todo se iluminó. Juró solemnemente que al quedar la mujer desnuda vi cosas que no se pueden describir con palabras, aunque luego supe que se pueden descubrir con el tacto. Se lo dije alguna vez al Topo: estaba mejor que María Félix porque esta era de carne y hueso y la artista es pura ilusión.

Lo que pasó después no puedo explicarlo porque, la mera verdad, no lo entendí. La Faraona me tiró, me aplastó, me zarandeó, me puso boca arriba y luego boca abajo, me despeinó y media hora después, se levantó de la cama toda sudorosa sin que yo hubiera sentido nada. Hoy por hoy todavía no comprendo cómo es que a la gente le entusiasma tanto esas cosa. A mí, en realidad, no me pareció tan crucial. Ni tiempo tuve de acordarme de no cerrar los ojos, porque la hora buena, si es que existe, nunca llegó.

En ese momento me preocupaba más irme a lavar mis partes porque dicen que si te pegan algo luego quedas ciego. Mi papá también estaba en la barra, pero él sí tuvo la delicadeza de no preguntarme nada. Sólo le había cambiado la sonrisa.

En el fondo no estaba tan seguro. Me hubiera gustado creerlo e igualmente me hubiera gustado que mi mamá lo supiera, pero aún y cuando ella estuviera viva no podría contárselo.

Así que pedí otra cerveza. Por pura casualidad, en aquel instante se anunciaba la rifa de mil pesos entre los clientes del Bucanero. Más por pose que por otra cosa, por parecer hombre y corresponder en algo a mi padre, se me ocurrió comparar tres boletos y los repartí entre nosotros. Y lo que son las cosas: creo que la mano de mi mamá tuvo algo que ver en eso. Me la saqué. El Topo casi se cagó de la impresión. Mil pesotes. Era una fortuna. Me los entregaron en medio de un escándalo. Todas las muchachas ahora sí querían llevarme arriba. Quise, de todo corazón, regalarle quinientos a mi papá. No me lo permitió.

Aunque mi padre no lo creyera lo dije en serio. Me iba a comprar una casa con ese dinero pero, por lo pronto, le regalé cincuenta pesos al Topo para que se subiera a hacer su primera comunión, que la traía retrasada por falta de recursos.

Mientras el Topo estaba en lo suyo, mi papá y yo comenzamos a platicar de todo lo que nos habíamos platicado en la vida, nos tomamos varias cervezas más, y cuando terminó la noche dimos por iniciada nuestra relación de padre e hijo para toda la eternidad. Lo abracé con todas mis fuerzas al despedirme. Aunque nunca lo vuelva a ver, me da gusto traerlo clavado en el alma.

Eran las seis de la mañana cuando regresé a la casa con un cigarro en los labios y el sol prendido en la ropa. Mi abuelo estaba esperándome clavado en el patio como un poste. Tenía al Herodes agarrado por el collar con tanta fuerza que le palidecía la mano. Alrededor de ambos, el patio resultaba como un extraño paraje del desierto; salpicado de cacas neolíticas...

Saqué el fajo de billetes del bolsillo y lo puse frente a sus ojos.

El viejo se quedó callado y aguantó el trancazo a pie firme. "No me levante temprano" -agregué- "Y mande a traer algo para desayunar por favor"

Ya me disponía a pasar al interior de mi casa, a dormir en mi recámara, cuando el perro me estorbó el paso. Con toda la calma, entonces, preparé mi bostoniano derecho y le descargué una patada tan fuerte en las costillas que casi lo vuelvo una gente de razón en las propias manos de mi abuelo. Todavía sigue aullando. Estoy seguro que a partir de ahora la cuevita va a servir como despensa, que es para lo que realmente debe usarse en cualquier casa decente.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/Oct/99