La fuga de El Raffles

Héctor De Mauleón

Durante cerca de setenta años la cárcel de Belén ofició como uno de los sitios más crueles y temidos de México. Se trataba de un viejo colegio novohispano al que la acción desamortizadora de la Reforma había convertido en cárcel pública en 1862, y que Justo Sierra consideraba <<magnífica escuela de delincuentes, gratuita y obligatoria, sostenida por el gobierno>>. Pensada para albergar un máximo de seiscientos reos, hacia 1890 alojaba a casi siete mil infelices que por las noches se hacinaban en los <<dormitorios>>: dos cavernas húmedas, en cuyo centro solían alzarse dos barriles, uno relleno de agua y otro de desechos nocturnos.

Las condiciones sanitarias del presidio eran tan precarias que incluso el periódico El Tiempo llegó a solicitar la libertad de los prisioneros, <<antes que permitirles seguir sufriendo de este modo>>. En una ocasión, el alcalde le negó la entrada a un reportero extranjero, <<para prevenir que se contagiara como meses antes había sucedido a Ramón Corral>>. Por un reportaje que Heriberto Frías escribió en 1895, y que en abril de ese mismo año fue publicado en las páginas de El Demócrata, sabemos que los dormitorios estaban infestados de pulgas, que las ratas aparecían flotando en el caldo que impedía a los prisioneros la muerte por hambre, y que <<los amores raros>>, así como la tifoidea y la tuberculosis, eran epidemias obligadas del encierro.

Acusado de un pequeño hurto, y luego de pasar ocho meses en aquella prisión donde llegó a conocer a la flor y nata del hampa mexicana, Frías -a quien los presidiarios bautizaron, al principio con desprecio y luego con cariño, bajo el apelativo de El Roto Tuerto-, informó en el citado reportaje:

<<Esta cárcel parece caja en que se encierran todas las abyecciones y deyecciones de una sociedad en vías de formación [...] Parecerá increíble que los hombres se cosan a puñaladas por los celos... de otro hombre a quien aman con abominable y exótico amor>>.

 

Las autoridades decían que era imposible fugarse de ahí: el cuerpo de celadores estaba reforzado permanentemente por un destacamento federal compuesto por más cien de hombres. Con todo, varios personajes que luego ocuparon lugar estelar en la historia criminal del país lograron escapar de la institución. Una tarde de 1880, tocado con el sombrero y enfundado bajo el abrigo de un visitante, el célebre Jesús Arriaga, más conocido como Chucho el Roto, cruzó la puerta principal del presidio y desapareció entre la gente que caminaba bajo los arcos cercanos. También escaparon de ahí, primero en 1913 y luego en 1915, el delincuente español Higinio Granda y algunos de los testaferros que más tarde integraron la Banda del Automóvil Gris: esa organización criminal estrechamente vinculada al carrancismo, que por dos años consecutivos sembró el terror en la capital y estuvo integrada por hombres que no se conocían entre sí -y a los que un jefe invisible proveía de uniformes y documentos oficiales.

La fuga más espectacular se verificó, sin embargo, el 13 de febrero de 1932. Al siglo XX le quedaba un largo camino por recorrer, pero los diarios no vacilaron en calificarla como <<la fuga del siglo>>. Su protagonista fue Roberto Alexander Hernández, un hombre que llegó a la gloria por la puerta trasera y se convirtió, durante un tiempo, en uno de los personajes más célebres de México.

Alexander había nacido hacia 1900, dos años después de que la implacable política de pacificación porfirista, brutal con plagiarios y bandidos, hiciera morir a Chucho el Roto en las tinajas de San Juan de Ulúa. En los archivos policiacos fechados entre 1920 y 1932, Alexander apareció bajo nombres diversos: Roberto Hernández, Vicente González, Robert N. Alexander, Roberto Vicente Alejandres, o bien como Vicente Hernández. Cliente habitual de cárceles mexicanas y norteamericanas, no tardó en ser descubierto como un filón explotable por los reporteros, para quienes fue <<el delincuente más hábil de cuanto ha habido en México>>.

Periódicos como Excélsior y El Universal lo conocieron como El ladrón elegante, El ladrón invisible o El ladrón del cuarto amueblado, pues una de sus especialidades era el saqueo de casa de huéspedes. Quienes habían leído la hoy olvidada novela de E. W. Hornung, The Amateur Craksman -en la que un ladrón inglés de alta escuela se daba vuelo desplumando a la aristocracia-, o quienes habían visto la película interpretada por John Barrymore en 1917, preferían llamarlo El Raffles. La analogía resultaba evidente: al igual que el modelo original, Alexander vestía con elegancia, usaba brillantes en los dedos, hablaba inglés con soltura, era experto en el uso de disfraces -se confesaba actor fracasado-, y solía robar <<sin violencia y hasta con un elegante refinamiento>>.

Aunque nunca compartió sus ganancias con nadie, su otro modelo fue Chucho el Roto. Como él, para estafar a sus víctimas solía disfrazarse de mujer o se fingía un rico comerciante extranjero. Uno de sus métodos consistía en cortejar muchachas de sociedad: luego de hacerse invitar a cenar en compañía de la familia, salía haciendo caravanas y llevándose consigo carteras, relojes, collares, cubiertos de plata y todo cuanto cupiera en sus bolsillos.

A finales de 1931, tras una novelesca serie de robos, detenciones y evasiones, Alexander engrosó la fiera población de la cárcel de Belén. El alcalde de la prisión, Alberto Cuevas, lo remitió al fondo de una galera cercada por rejas, cerraduras y candados, y vigilada las veinticuatro horas por varios centinelas <<de visita>>. El Raffles soltó entonces una fanfarronada:

-No he de permanecer mucho tiempo en este sitio. En cuanto tenga oportunidad, me fugaré.

Tres meses más tarde cumplió su promesa. No se presentó a la lista. Lo buscaron en los patios, los baños y las celdas. Lo único que se supo fue que la tarde anterior había rematado entre los reclusos sus únicas pertenencias: un cepillo de dientes, un tubo de pasta dental y un cobertor mugriento.

A la mañana siguiente, escandalizaba Excélsior:

El habilísimo sujeto que ha copiado en la vida real las aventuras de Arsenio Lupin, con su claro talento y sus habilidades naturales [...] preparó una fuga digna de figurar en la literatura de un autor de novelas policiales [y desapareció] quién sabe a qué hora, de la prisión de Belén [...] Activamente lo buscaron por todas partes nubes de policías comisionados con este objeto. Pero no aparece por ninguna parte, y sólo se ha encontrado una pista, que parece la más probable y lógica: que logró levantar el vuelo en los campos de aviación de Balbuena a bordo de un aeroplano civil contratado al efecto.

 

Si sus robos ocupaban las planas principales de los diarios, su desaparición no se permitió menos. La ciudad se sacudió con las aventuras del nuevo Arsenio Lupin, mientras en Belén las cosas eran resueltas a la mexicana. El alcalde Cuevas entregó a los periodistas la cabeza de uno de los celadores, a quien acusó de haber facilitado la fuga a cambio de diez mil pesos. En tanto, informes recabados por Excélsior señalaron que, mientras el alcalde Cuevas se encolerizaba y la policía comenzaba a husmear en las esquinas de costumbre, Alexander se paseaba a todo lujo por Avenida Juárez, e incluso <<hacía visitas en los salones del Hotel Regis>>.

Lo que siguió sobrepasó lo imaginable. Meses después, cuando las autoridades se resignaban a aceptar una nueva derrota, un teléfono comenzó a sonar a mil kilómetros de distancia. La policía de Torreón estaba recibiendo un telefonema urgente: según una mujer, un perro guardián tenía entre las fauces la pantorrilla de cierto asaltante, al que había sorprendido al saltar los muros de una residencia. El ladrón fue conducido a la inspección de policía. Cuando iban a retratarlo para incluir su fotografía en la ficha de rigor, un agente lo descubrió flexionando levemente las rodillas, en un intento por simular menor estatura. La suerte de El Raffles había terminado.

Alexander se convirtió en pocos días en el hombre más célebre de Torreón. El presidente municipal y otros funcionarios lo visitaron en su celda para retratarse a su lado y posar en las <<visitas>> de una película. Cientos de personas se agolparon a las puertas de la cárcel, con la esperanza de verlo. Anotaba uno de los corresponsales de Excélsior: <<Hay que advertir que en muchas mujeres la nueva causó positivo desagrado pues el Raffles tiene verdadero partido entre las bellas, ya que se ha convertido en una especie de héroe de novela. Por la mañana recibió un búcaro de flores, testimonio de la simpatía de alguna de sus misteriosas admiradoras>>.

De ahí en más, Alexander fue agasajado con un banquete en el que narró sus aventuras. Nuevas admiradoras llenaron su celda con flores, y <<un grupo de simpatizantes>> pagó en un lujoso restaurante para que se le enviaran viandas y puros y bebidas. Las entrevistas se sucedían. Los reporteros lo asediaban. El Raffles miraba el horizonte lejano y murmuraba:

-La vida me convirtió en ladrón, pero quisiera una oportunidad para rehabilitarme y poder abandonar este camino de aventuras.

Otras veces entornaba los ojos, suspiraba teatralmente:

-¡Yo que jamás tuve miedo a los mejores policías, me doblegué ante un perro que me mordió la pantorrilla!

Cuando no se ponía soñador, se dejaba inflamar por un extraño socialismo:

-Yo, señores, sólo robo a los ricos.

Lo llevaron de vuelta a la capital, fuertemente custodiado. En la vieja estación de Colonia, y a las puertas de la Inspección de Policía, lo aguardaba una multitud deseosa de ovacionarlo. Los reporteros, que al principio se escandalizaban <<porque debido a su triste celebridad ya se siente capacitado para hacer declaraciones a los periodistas>>, también se sumaron el jolgorio. Excélsior cabeceó al día siguiente: <<El Raffles viene encantado con el trato que le dieron en Torreón, donde logró simpatías>>.

-¿No llevaba un arma para acallar el can? -le preguntó uno de los reporteros.

-No, señor periodista -contestó gravemente el Raffles-. Yo jamás cargo arma alguna, porque lo que hago no quiero que se manche con la sangre de nadie.

Ante un auditorio embelesado -jueces, detectives, reporteros y gendarmes- Alexander mostró fotografías que ilustraban sobre su habilidad en el uso del disfraz: aquí, vestido de bailarín; allá, convertido en <<una real hembra codiciada por todos los hombres>< (otra vez Excélsior). Algunas franjas de la prensa volvían a escandalizarse: <<Quienes lo conocen dicen que se trata de un afeminado, y que lo de sus transformaciones es sólo un pretexto para dar rienda suelta a su degeneración>>.

-¿Cómo escapó de la cárcel? -le preguntaron al fin.

El Raffles narró entonces la historia que lo condujo, brevemente, a la gloria:

Había prometido escaparme y quise cumplir mi promesa. Después de desechar numerosos proyectos por considerarlos impracticables o peligrosos, di con el que necesitaba. Todos los días me puse a examinar son gran atención al celador encargado de mi galera. Se me quedó tan profundamente grabada su fisonomía, que me hubiera sido fácil hacer un retrato suyo. Mi idea era otra: adaptar a mi cara las facciones del celador, lo que para mí construía un juego de niños. Logré hacerme de algunas sustancias para poner en práctica el maquillaje, y tan pronto como las tuve, pretextando estar enfermo, me encerré en mi celda. Me bastó una hora para llevar a cabo el maquillaje. Me contemplé en un espejo y quedé satisfecho de mi obra. Si nos hubieran puesto al celador y a mí juntos, le habría sido muy difícil saber al alcalde cuál de los dos era el auténtico. Ya me había conseguido de antemano un uniforme de guardia, y después de colocármelo me aproveché de que el celador estaba distraído en el fondo de la galera, y salí sin precipitación hasta la puerta principal sin que ninguno de los guardias me impidiera el paso.

 

Era la misma técnica que medio siglo antes, en la misma prisión, había utilizado Chucho el Roto. El escándalo provocó que la cárcel de Belén fuera demolida meses más tarde. Alexander, por su parte, fue internado en la crujía A del Palacio de Lecumberri, en donde también se encontraba el asesino de Chinta Aznar, Pedro Alberto Gallegos.

-A lo mejor vuelvo a darles una sorpresa -dijo antes de ser encerrado.

Nunca la dio. En febrero de 1933, al lado de Gallegos, fue enviado a las Islas Marías. En la estación de Teoloyucan debió ver cómo el capitán Ignacio Vázquez aplicaba a Gallegos la ley fuga. Relata una crónica de Ana Luisa Luna: <<El convoy lo formaban tres carros caja enganchados inmediatamente después de la locomotora; al parecer, todo se suscitó porque Raffles fue separado de Gallegos y éste quiso cambiarse de convoy para estar con él. Al romper filas, recibió el disparo>>.

 

En 1934 el cineasta Gabriel Soria llevó a la pantalla la vida de Chucho el Roto. El destino de El Raffles no podía apartarse del de su maestro: en 1958 el director Alejandro Galindo, lector atento de la realidad, revivió las aventuras de Alexander en un filme protagonizado por el actor cubano Rafel Bertrand. Menos familiarizado con la nota roja, escribe a propósito de la película Emilio García Riera:

El Raffles mexicano fue imaginado por Alejandro Galindo tan flemático como el británico, muy hábil para disfrazarse, dotado de una modesta parafernalia (pequeño aparato fotográfico, proyector de diapositivas, estetoscopio con audífonos para abrir cajas fuertes y auto deportivo), muy fumador en sus robos, y con habilidades de guía de turistas (habla inglés). Además, tiene madera de bandido generoso y popular [...] El buen ritmo y la vivacidad de la película son muy de Galindo. Sin embargo, estas virtudes no salvan a un guión mal armado que hace inverosímil la escapatoria del héroe, pues hay que suponer en su disfraz una suerte de milagro. Quizá por eso, porque no se aceptan convenciones demasiado gruesas en un género, el policiaco, que hace necesarios el ingenio, la precisión y la verosimilitud, Raffles marchó bastante mal en taquilla.

 

La película fue estrenada el 10 de octubre de 1958 en el cine Palacio Chino. Probablemente para esa fecha, El Raffles había vuelto de las Islas; tal vez los productores de Alameda Films le procuraron algún dinero. Tal vez no.

Entre enero y marzo de 1989, la policía de Guadalajara recogió de la calle los cadáveres de al menos una docena de ancianos indigentes. Todos habían sido asesinados con una pistola calibre .32. Todos presentaban un tiro en la sien. El asesino no fue detenido. Se supo, sin embargo, que la tercera de sus víctimas se llamaba Roberto Vicente Alejandres Hernández, que tenía ochenta y nueve años de edad y que había pasado sus últimos años vagando en las calles, relatando extrañas aventuras.

Las vidas se trenzan. El último nudo se ató implacablemente. La vida de Chucho el Roto se había consumido en las sofocantes bartolinas de San Juan de Ulúa, entre el asedio de las ratas y los temblores de la fiebre amarilla; la vida de El Raffles, junto a una coladera, entre pilas de basura y los ladridos de los perros callejeros, los dos, maestro y alumno, lejos ya de esos quince minutos a los que todos, se asegura, alguna vez tenemos derecho en la vida.


Otro cuento de: Cárcel    Otro cuento de: Fugitivos  
Otro cuento del Mismo Autor   
 Sobre Héctor De Mauleón    Envíale e-mail
 Índice de temasÍndice por autoresEl PortalLo Nuevo
 MapaÍndices AntologíaComunidadParticipa

 

 

* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 01/Oct/00