La quebradota

Arnulfo Villa

-¿Por qué las cadenas?-

El moreno mesero arqueó las cejas ante mi pregunta. Dirigió su mirada hacia el trampolín insertado en las rocas y protegido con cadenas de hierro.

-Está prohibido echarse.

Dejé mi confortable asiento en la mesa central del restaurante marinero. La suave brisa cálida le daba tono a las copas de vino blanco que saboreábamos mi mujer y yo. El romper de las olas se adivinaba allá abajo y el soberbio acantilado surgía del océano, seco y majestuoso. Me asomé al abismo, con las cadenas en mis rodillas.

La altura era espantosa. Cien, ciento cincuenta metros. No sé.

-¿Echarse?. ¿Algún loco se atrevió a echarse?

-Sólo dos, señor. ¿Le traigo la carta?

-Sí.-

Me senté de nuevo frente al atardecer de Puerto Vallarta. Regresó el moreno con los menúes.

-Cuénteme. ¿De verdad se han arrojado?

-Sí. Cuando inauguramos el restaurante, mi patrón quería que éste fuera el trampolín marinero más alto del mundo, para ganarle a la quebrada. Trajo a un acapulqueño que se lanzaría con antorchas.

-¡Y se tiró!

-Cuando se asomó al mar, aventó la lumbre y dijo: "ni madres". Se fue a vestir. Como mi patrón había invitado al gobernador y estaban los periodistas, fue por él y le dijo: "ni madres. Te avientas. Ya te pagamos la mitad."

Pidió cuatro veces lo convenido. Le prendieron dos periódicos enrollados y se tiró con los ojos cerrados.

Lo sacó la Cruz Roja y el Rescate Marinero. Tenía veinte huesos rotos y estaba medio ahogado. Mi patrón canceló la quebradota. ¿Qué van a pedir?.

-Huachinango zarandeado para mí-, dijo Rosita.

-Camarones a la diabla. Oiga, ¿y el segundo?

-Tengo pulpos a la veracruzana.

-No, el segundo que se tiró.

-¡Ah!. Ese fue el jueves, estaba sentado en esta mesa, señor.

Discutían. Habían bebido y se acariciaron y besaron con cocteles de caracol y ostras. De pronto, el sujeto se levantó gritando: "Puto, traidor, ¿por qué me engañas?". El novio enmudeció cuando le echaron tequila en la cara. El iracundo brincaba las cadenas. "Me mato", dijo, y se tiró.-

El mesero se retiró con las órdenes. Regresó para servir más vino.

-¿Se mató?

-¿Quién?

-El maricón que se tiró.

-¡Ah!. No.

-¿No?

-No. Salió nadando por el estacionamiento. Su pareja le abrazó, llorando.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 12/Oct/02