Anoche me corté tus venas

Nicolás Melini

Cuando llegaste, yo estaba ya muy borracho. ¿O fue que tú llegaste con la borrachera, no antes sino justo en aquel momento, cuando todo se me subió a la cabeza de golpe?

No sé qué cucarachas tomé, ni cuántas, ni qué fue lo que siguió al ron, o precedió al vodka, ni qué tenía el whisky, que no era agua, o por qué me encontré en la mano un chupito de licor -de naranja, eso sí lo recuerdo, porque me sentó dulzón- cuando yo había pedido un tequilazo, que hube de pedir luego para despegarme la lengua encachazada al cielo de la boca. Algo más que todo esto debí de beber después de tu llegada incluso, en un vano intento, tal vez, por espantarte de mi lado.

Sé que fui a mear, crucé a duras penas el denso gentío que se congregaba en la sala y descendí sin requerir pretenderlo, porque la inercia en la escalera, y las paredes, me canalizaban hasta el monigote masculino de la puerta del servicio, que abrí de un manotazo.

Mear es mi test de alcoholemia. Cuando me es imprescindible apuntalar la verticalidad de mi cuerpo apoyando la frente en la pared donde se instala el meódromo la cosa está clara: estoy borracho. Sé, sin embargo, que a punto estuve de pillarme con la cremallera de la bragueta el pellejo de la cuca, porque, aunque borracho, uno controla. Cuando me volví te vi en el espejo:

-Y tú qué haces aquí -te espeté, y dando otro manotazo a la puerta huí escaleras arriba.

Cambié de bar.

Y cuando conseguí instalarme en la barra, entre dos que no dejaban sitio, te vi detrás, frente a mí. Ya habías llegado, pero te ignoré. Encontré en la pared del fondo, a través de la gente que danzaba una música machacona, la foto de un tío cachas, y aunque intenté no mirarlo, más de una vez mis ojos regresaron a él. ¿O era a ti a quien traté de no mirar, en mi afán de ignorancia, aunque mis ojos me devolvieron tu posición una y otra vez, hasta que harto ya de tu presencia me enervé y casi tiré contra ti la jarra de cerveza de quien me flanqueaba, desesperado por la impertinencia de tu mirada?

-¡Deja de mirarme, joputacabrón! -grité.

Nadie se dio por aludido a mi alrededor.

-¿Qué era? -gritó el camarero.

Yo señalé la botella de anís que estaba justo enfrente, junto a la mano que apoyabas en la barra. Y te sonreí. Si te crees que voy a dejar de beber, ya puedes seguir mirando todo el rato...

También el anís me supo dulzón. Te eché la culpa de haber elegido tomar aquello y pedí otro tequilazo para despegar la lengua del cielo de la boca.

Creí que alguien me había tocado el hombro, así que me volví fajón: era Julia.

-He eztado buzcándote -me apresuré a abrazarla.

-¿Sí? -esbozó.

Entonces llegó un tipo alto. Me miró por encima de un hombro de Julia y se la llevó. Supongo que ella no se quedó conmigo porque estaba él. Eso. Porque estaba con él.

Empecé a bailar junto a Julia y tú no dejabas de vigilarme desde todos sitios. En estos bares hay tantos espejos que es imposible evitar ver a alguien cuya visión te incomoda. Miras para un sitio y un espejo te devuelve el contrario. Tu mirada me irritó hasta ponerme violento, y debí de incordiar mucho porque este ojo me lo puso así el nuevo maromo de Julia, de un guantazo. Y la magulladura del hombro me la hice, si no me equivoco, al salir. Fue contra un coche, pero no sé si tropecé o el portero me ayudó a tropezar después de pedirme la documentación para cursar la denuncia por disturbios. En estos bares de hoy -que ya no son, ni mucho menos, como los de antes- si te embroncas te apalean y denuncian, o viceversa, respectivamente.

Creí verte en el cristal del coche al golpearme, pero si me preguntan en aquel momento no hubiera sabido decir si estabas dentro o fuera del coche. Y debiste de seguirme. Sí lo hiciste, porque fuiste tú quien, cuando trataba de alejarme, peinando las fachadas de las casas con el hombro de la chaqueta, me iba preguntando una y otra vez:

-¿Adónde vas, pollaboba?

Sí, nunca mejor preguntado: pollaboba, más que nunca, nunca más que entonces.

-A otro bar -y traté de conservar el equilibrio ante el nuevo portero.

-Si te gastas el dinero en copas... -me gritaste al oído cuando ya había alcanzado la barra. Pero me tapé las orejas con los dedos y no escuché más que el final de la frase-: ¿me has oído?

Conseguí captar la atención de un camarero y ordené otra dosis. Pero cuando estaba bebiendo se me saltó una lentilla (no me preguntes cómo), que abandoné dentro del whisky tras infructuosos intentos por recuperarla. Así que de ahí en adelante no sólo borracho, sino tuerto. Te veía a medias, borroso.

-A ezto llamo yo buena zuerte: con las ganaz que tenía de perderte de vizta.

Al decir esto, riendo, te di una palmada en el hombro y tú te volviste, pero eras alguien muy alto que me intimidó, y tuve que disculparme:

-Perdona, creía que eras otra perzona -balbucí-. ¿Dónde se habrá metido ezte pendejo?

Y te busqué alrededor. Pero no estabas. Y te eché de menos, porque al fin y al cabo eras el único que me aguantaba el coñazo y la borrachera. Así que apuré el whisky y bajé a mear, y cuando estaba frente al urinario a punto de apuntalar mi cuerpo contra la pared, leí una frase que había allí donde iba clavar los cuernos: "NO BUSQUES EN LA PARED, EL CHISTE LO TIENES EN LA MANO, POLLABOBA", y me tuve que mirar la cuca y estrujarla. Luego apoyé la frente sobre la pintada y... meé. Éste será tu único oficio, querida, le dije mientras tanto.

Cuando me volví, con las manos en la bragueta, estabas allí. Me cabreé mucho, porque pensé que tú habías sido el gracioso, tanto que te gusta escribir en los urinarios, y porque la pintura estaba fresca y ahora se podía leer en mi frente parte de las palabras: "l. tien.. .n la m.no", creí leer en el espejo, al revés debió de ser, claro, ¿o no? Me sumí en un estúpido raciocinio: si la pintada estaba escrita en la pared de derecha a izquierda, como es natural, en mi frente debería estar impresa de izquierda a derecha, ¿no?, pero en el espejo aparecía de derecha a izquierda, y, con la borrachera y una lentilla menos, torcida y borrosa. Me precipité al lavamanos y me estregué la cara y la frente con agua, aunque no sé si hice esto para borrar la señal de rotulador o para aliviar el mareo que crecía en mi estómago.

Vomité, y vomité, y encontré la lentilla, con la que traté de cortarte mis venas. Pero no pude, por ser muy blanda, así que la enjuagué y devolví húmeda al ojo. Entonces te pude ver, de nuevo en el espejo que rompí de un morretazo, mis cuernos contra los tuyos.

Ambos conocemos el resto: me corté tus venas, o viceversa, con un trozo de espejo que reflejaba al tiempo el ojo donde habías dispuesto mi lentilla.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 02/Sep/00