Bicho

Carlos Sariñana

¿Sería posible que por fin lo encontrara? Mientras sus dedos intentaban desatar las agujetas, el corazón de Leandro se estremecía emocionado, como si su acelerado palpitar fuera a apresurar el desamarre. ¡Maldito nudo doble! ¿Por qué no conformarse con esos moños sencillos que se deshacen de un jalón, o con los cómodos mocasines que salen sin el menor esfuerzo? Parecía haber un miedo colectivo al desprendimiento de los pies del resto del cuerpo. Al encerrarlos dentro de ajustadas botas con docenas de cierres o al asegurar el calzado con esos inmensos broches metálicos que tan de moda estaban, la gente quizá intentaba truncar los planes de escape de sus pies. Este pensamiento trajo una sonrisa al rostro de Leandro. No era una sonrisa que se debiera a lo gracioso de la idea, sino al enojo que ésta provocó.

Aflojó los cordones un poco, y pasó una de las puntas plastificadas por debajo de la otra. Tomó el otro extremo y jaló. Una vez que los lazos cedieron, el zapato salió de un tirón, y el calcetín se deslizó con suavidad para revelar un pie perfecto, ni muy ancho ni muy largo, con los dedos bien alineados y sus uñas impecablemente aseadas.

Hacía casi un año del accidente que le costara la vida a su mejor amigo, Bicho. En el momento los médicos aseguraron poder salvarlo, pero Bicho, siempre necio, jamás permitió que lo tocaran. A pesar de su dolor, temblaba en cuanto alguna mano enguantada se le acercaba, palidecía cuando alguien intentaba cubrir sus heridas con vendas y algodones; se encogía sin dejarse examinar siquiera. Así, contra regaños y protestas, haciendo a un lado a las enfermeras que querían detenerlo, Leandro se fue cojeando a casa. Despertó, un mes más tarde, en la cama de un hospital. Al principio, cuando la extrañeza y el mareo pasaron, se sintió aliviado, pues el dolor que hasta hace un día le inflamaba el pie derecho había desaparecido. Tampoco le llegaba ya el hedor a podrido. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el dolor y la gangrena no era lo único que ya no estaba. Al recorrer las sábanas y destapar sus piernas, descubrió aterrado la ausencia de su fiel compañero: Bicho había sido amputado.

Pero Leandro sabía que el amigo que lo acompañaba en sus momentos de soledad, con quien jugaba cuando los cientos de juguetes ya no daban nada mas que aburrición, a quien platicaba todas sus dudas y problemas y el que escuchaba con paciencia cuando su madre ("ahora no tengo tiempo") se daba la media vuelta y los vecinos ("nosotros no jugamos con loquitos") contestaban con burlas, no estaba muerto. Lo soñaba cada noche, llamándolo desde alguna parte con esa vocecita que tanto lo hacía reír, gritándole para que fuera por él.

"Aquí estoy, Bichito." Acariciba ahora el pie que había desnudado. Recorrió su dedo índice desde el tobillo, lo paseó por encima del empeine y cosquilleó el dedo pequeño. Con la otra mano sobó la planta del pie. Estaba húmeda por el sudor, y en el talón la piel estaba endurecida. Se llevó la mano al rostro, y la olfateó: un ligerísimo olor a encerrado. Se lamió la palma y suspiró. No se dejaría engañar. Muchas veces pensó haber encontrado a Bicho, pero aprendió a ya no confiarse. Se había topado ya con varios impostores: pies sin identidad propia que imitando aromas y texturas intentaban hacerse pasar por Bicho. Claro que el disfraz caía pronto, en cuanto comenzaban a hablar. Había detalles de la vida de Leandro que ni el pie más camaleónico sabía; sólo Bicho conocía sus más íntimos secretos, sólo él sabía qué responder.

"¿Me extrañaste?"

El pie lo miraba de regreso, en silencio.

"¿No quieres hablarme?"

Ni un movimiento, ni una palabra.

Leandro sonrío. Casi ninguno hablaba de inmediato. Les gustaba esperar, llegar a casa, darse un buen baño, y dormir un rato. Luego comenzaba el interrogatorio. Algunos esperaban un par de días antes de hablar, algunos hasta más. Otros jamás abrían la boca, e iban a dar en silencio al horno, donde los alcanzaban más tarde los fallidos suplantadores. Gritaban, suplicaban, imploraban clemencia en vano; una vez que su engaño era descubierto, que su actuación llegaba a su fin, todos pedían perdón. Pero su falsedad no se disculpaba. Todos, sin excepción alguna, eran incinerados. Bicho estaría orgulloso; nunca toleró la mentira.

Leandro se agachó y besó el pie. Luego se paró, y se estiró para agarrar el mango del hacha que había traído consigo. La navaja estaba incrustada en la cabeza del estúpido hombre que hacía doble nudo a las agujetas de sus zapatos, que quería evitar la huida de su pie. Su rostro ensangrentado estaba marcado por una mueca de sorpresa, que no cambió al ser arrancada el hacha. El cráneo crujió al astillarse y el cuello se dobló a un lado, pero la expresión de la cara siguió igual. Iba a estar muy sorprendido al hallarse en el Purgatorio con un sólo pie.

Leandro tomó el hacha con ambas manos, y la bajó con fuerza a la altura del tobillo. El filo atravesó sin dificultad el hueso, pero el pie no se separó por completo de la pierna. Quedó sosteniéndose a ella por un par de tendones, aferrándose a la pantorrilla en un último intento por permanecer a su lado. Leandro soltó el arma y agarró la extremidad por el talón. Torció hacia un lado y luego hacia el otro, meneando el pie con fuerza. Luego lo tomó de los dedos con la otra mano, y jaló. Los tendones se estiraron casi diez centímetros, y uno a uno se rasgaron. Un poco de sangre salpicó el cuello de Leandro. El se limpió con la mano, guardó el pie en una bolsa de plástico, recogió su hacha, y regresó con su cojera a casa.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/Oct/01