La dignidad del guerrero

Óscar Wong

Tras, tras, tras, resonaron los pasos con energía. El compás era rítmico, raudo, violento. Por instantes aumentaban en intensidad. Tras, tras, tras. Trató de imaginar el recorrido: de oriente a poniente, atravesando las arcadas barrocas, apoderándose del patio pequeño, luego del grande, hasta llegar al de paseantes. En los tres pisos del ala norte, los murales de Orozco permanecían indefensos ante el alboroto. Calculó mentalmente que ahora el estruendo estaría por el pasillo de los "cuatrocientos". El ruido de los cristales rotos lo puso en tensión. Y los disparos secos, buscando los cuerpos que corrían. Todo era confusión. La obscuridad, una absurda bestia que acechaba.

Pero no estaba solo. Estaba seguro. Por ahí debían estar El Hueso y El Obispo. También Rafael, apuntando mentalmente lo acontecido para después publicarlo en El estudiante, órgano oficial de la Asociación Preparatoriana Independiente, a la cual orgullosamente pertenecían. Con tres hileras superpuestas de siete arcos de medio punto cada una, el patio con portada barroca es un ejemplo de equilibrio y majestuosidad, asentarían más tarde las crónicas al describir el escenario de los acontecimientos. Tras, tras, tras. Y el ruido característico de los cristales que caían. Y los disparos, cada vez más cerca, ahora en los laboratorios de química. La invasión era simultánea. En los tres pisos crecía la confusión.

La voz de El Sabio sonó enérgica, metálica. Él, que siempre había sido tímido, que ni siquiera replicaba cuando los porros lo pasaban "a la báscula" para quitarle los pocos centavos que traía para el pasaje, elevaba la voz, ordenaba. Imposible que eso sucediera. Si hacía apenas media hora que la voz de Alatorrón, el director de la Preparatoria, los había alertado: "Muchachos, tengo informes de que el Ejército va a intervenir. Tengan mucho cuidado. Voy a ver qué puedo hacer, les encargo la escuela". Luego, el teléfono había sucumbido. Y ahora estaban ahí, entre el tezontle y la piedra. Lo supo cuando el estruendo estremeció las paredes del edificio colonial, construido entre 1727 y 1742, según comentarios de Rafael. Los altos ventanales labrados de la fachada también se cimbraron. Seguramente fue un cañonazo o un bazukazo. Tal vez un tanque, o explosivos plásticos, porque el humo acre invadió los patios. Era diferente a las bombas de humo que de cuando en cuando caían durante la refriega. El olor era fuere, peculiar. El socorrista de la Cruz Roja les había indicado que se pusieran en el piso, porque ahí no llegaba el humo; antes habían probado con pañuelos húmedos, pero la cara, al contacto con el agua, se hinchaba. Y dolía. "Es humo de mostaza", aclaró el socorrista al llevarse a los heridos. La puerta de atrás servía para que llegara ayuda y para que salieran las brigadas "a rifársela" con los granaderos y policías.

El Pánuco, resaltaba el letrero de enfrente. El Sabio se vio disfrutando de las famosas tortas del establecimiento, con su jarrito de naranja y el bla bla blá de El Güero, presumiendo de sus conquistas y de las ganas que le traía a una de "Las Patrullas", aquel par de muchachas que deambulaban juntas por los pasillos, alardeando de su belleza. Evelia, la chaparrita de ojos verdes, le gustaba más que la otra, pero no se había atrevido a buscarla; la miraba embelesado, anhelaba apretarla entre sus brazos, dejar que ella lo tomara y juntos gemir y jadear sin descanso, dejarla hacer, que libara de su sexo enardecido hasta que éste explotara derramando su savia rauda, como líquido divino. Imaginó a Evelia ataviada con su vestido de gasa, sin corpiño, con los senos a punto de irrumpir, como una sacerdotisa oficiando en el altar de la lujuria. El Güero quería ligar con Margarita, así que se desvivía por atenderla y la atosigaba llevándosela a lugares carísimos. A veces escuchaban jazz: Jacques Loussier les encantaba, Calatayud y Tino Contreras ni se diga. La mediatarde se había esfumado con celeridad. El humo negro de los camiones incendiados le daba un toque de guerra a la situación. A cada rato llegaban los heridos. Las macanas y culatas hacían su trabajo demoledor. Y las hondas y resorteras replicaban, también con efectividad. Las mentadas de madre se alzaban como escudos. Los goya y huelumes se escuchaban cada vez más esporádicos. De cuando en cuando un grito de "¡Viva la autonomía universitaria!" retumbaba en la azotea. Y las piedras y ladrillos se transformaban en dardos y lanzas. Cincuenta combatientes defendían el edificio de San Ildefonso.

El Sabio respiró con dificultad. Había llevado la lista de los heridos, con el número de placas de las ambulancias. Vio el rostro descompuesto de sus compañeros. El gordo Uribe resoplaba. Vestía de blanco. Qué estupidez, pensó, mientras el tras tras tras metálico de los estoperoles llegó a las puertas cerradas de la recepción. Un culatazo hizo desaparecer los cristales y la patada brutal desgajó las hojas de la puerta.

Crujió secamente el botellón de agua. Seguramente el escritorio de Irma, la secretaria, estaba hecho un asco. Y la alfombra café, orgullo de Alatorrón. Otra patada y la puerta de la oficina de la Dirección se abrió de par en par. Las piernas abiertas en compás, las diestras manos aferrándose a los fusiles. Las botas profanaron el sanctasanctórum, anotarían los reportajes días más tarde.

Las máscaras antigases impedían escuchar con claridad las órdenes de los militares. Las bayonetas amenazaban las chamarras. Volaban papeles, caían cestos y escritorios destruidos. En el rincón, el lábaro patrio testificaba impasible la irrupción de la soldadesca. Un golpe en la espalda casi lo hizo caer. El Hueso recibió una patada. Las órdenes se escuchaban confusas, pero los insultos se oían con claridad. Pensó en Evelia y Margarita. Qué bueno que se habían retirado a tiempo, cuando la situación aún no se calentaba.

Recordó que lo habían cotorreado con La Pupis, la chica de la porra que, aseguraban, le traía ganas; le dijeron que tuviera cuidado porque era una reventada y hasta circulaban rumores de que andaba "millonaria" por la penicilina y que no fuera la de malas de que él acabara heredándola, con las nalgas hinchadas de tantas inyecciones. "No te vayas a llevar a lo oscurito", le gritaron al despedirse.

Los arrinconaron a la pared. Las verdes figuras continuaban amenazantes. Ruidos oscuros en la azotea. Cuerpos que corrían, cuerpos que caían. El tras tras tras retumbaba en las escaleras. Y gritos y alaridos.

-"¡Contra la pared!" -resonó huecamente la voz.

Sintió que lo palpaban. Buscaban armas. "Imbéciles" -pensó absurda, infantilmente- "la única arma me cuelga entre las piernas". Seguían los disparos aislados. Y los gritos desgarradores, desesperados, roncos. Y el correr confuso. Imposible precisar de dónde provenían los ruidos. Soldados atrás y adelante, en los escalones por donde descendían entre gritos y mentadas, con las manos en la cabeza. Golpes, empellones. El humo ni siquiera lo hacía toser. Alguien había encendido las luces del edificio.

Observó el boquete en la puerta de madera labrada. Otra hoja estaba abierta; una enorme manguera penetraba en el recinto. Casi tropezó con ella. Las órdenes de "¡aprisa, aprisa!" seguían a los empellones y patadas. "¡Malditos comunistas!", "¡pinches ojetes!", "¡traidores!", "¡putos estudiantes!", gesticulaban las máscaras oscuras, semejando bestias espaciales, monstruos extraterrestres. A veces las bayonetas rasgaban las chamarras. Y la piel. Y la esperanza. Desesperado, El Obispo intentó escapar. Corrió por el vestíbulo como un cervatillo acosado por la jauría. Pero la figura verde lo embistió. El Obispo eludió el bayonetazo, sus manos se aferraron al fusil y jalaron con fuerza. La sombra verde perdió el equilibrio. Otro soldado atacó con rapidez; el joven se dobló al impacto del acero. La hoja acanalada penetró con rabiosa facilidad, salió de igual forma, acompañada de un chorro oscurecido.

El alarido resonó en el vestíbulo, se fue rebotando por los patios y pasillos, atropelló los oídos y el corazón de los combatientes estudiantiles. El Sabio apretó los puños con rabia, mientras las lágrimas escurrían por sus mejillas. Levantó las manos con fuerza, ignoró al gordo Uribe inclinándose sobre el charco rojizo donde yacía El Obispo. Tampoco advirtió la sombra que arremetía con violencia. Llenó sus pulmones con energía y gritó con autoridad, con soberbia, con toda la fuerza y la dignidad de sus 15 años:

-"¡Viva la autonomía universitaria, hijos de la chingada!"


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/Nov/00