El bacanal

Manuel Ruelas

¡Mira cabrón! Si quieres saber la verdad, te la voy a decir. Pero te vas a callar, o me la guardo para siempre. Ya después me puedes partir la madre si quieres. Porque todo lo que me puedas hacer... ¡me vale madres!...

Después de advertirlo fríamente, Calibos retiró su vista pesada del judicial, recargó su peso en el respaldo de la silla donde lo tenían atado y con la vista al techo pasó lentamente su lengua por la sangre que manaba de su boca. Mientras la saboreaba se iba sumiendo en un pasado, que ahora parecía un sueño demente, quizás más sin sentido aun que un sueño. El bruto, se quedó parado mirando con extrañeza la profunda calma de aquel cabrón propia de un psicópata, tenía razón, ya después habría tiempo para partirle toda su madre. Además, le intrigaba saber cómo había sucedido aquella masacre, ninguno de los otros pocos sobrevivientes tenía la capacidad mental de poder contestar, todos seguían en algún viaje, cómo si los hubieran drogado con el alucinógeno más potente.

¿Sabes que esta sociedad es un asco? Sí, lo sabes. ¿Sabes que tú también eres un asco?... ¡No, no te emputes! ¡Yo también soy un asco! Creemos que valemos mucho, no sabemos lo poco que valemos. Ahorita que me golpeabas, te veía. Estabas completamente solo, como golpeando una pera... ¡pobre! La próxima vez, mírame a los ojos, yo estaré contigo.

Es lo mismo en todos lados, estamos solos, huecos, vacíos, somos sólo una oquedad... Perdón, trataré de no usar palabras que no entiendas.

¡No! Definitivamente, no le iba a partir la madre, lo iba a matar... ¡un balazo y ya!

No siempre fue así ¿sabes? Hubo un momento en la humanidad en que en lugar de tener pinches desfiles del primero de mayo, ¡Día del puto trabajo, por Dios!, había festejos donde todos bailaban, y para el final del día las jóvenes habrían perdido su doncellez. Grandes festivales para los dioses del cuerpo: Baco, Afrodita, Hera... todos los pueblos tuvieron estas festividades, algunas veces más salvajes que otras. Y en estas fiestas de los dioses del cuerpo, su espíritu se volvía uno, uno en celebración.

Tú eres feo... apuesto que han habido veces que te has acercado a una que otra jovencita hermosa y ella te ha rechazado. Pero, ¿tú te arrancarías la cara porque no te gusta? No, antes, la cuidas, es tuya. Ahora, imagínate que eres uno con todos, esa niña no te rechazaría, porque en ese momento serías parte de ella, y ella parte de ti. Pero no lo terminarás de entender, porque no lo has vivido. Por eso, cuando entraste a aquel antro ensangrentado, con cuerpos desnudos en el piso, te pareció algo como ver un frasco lleno de lombrices de tierra. Sí, así lo ve la consciencia.

En una situación normal, ya le habría roto la crisma al hijo de puta, pero algo en la historia lo estaba jalando hacia su espiral hipnótica. El bruto escuchaba...

A mí también me han rechazado, y eso que no soy tan feo, pero tampoco soy parte de ellos. Algo me ha separado como si fuera de otra especie. A veces me he podido disfrazar, pero algo me trae siempre de vuelta a mi vacío, como si estuviera adentro de un robot, y yo estuviera en el centro, viendo todo desde una ventana. Siempre está ese cristal en el cual, hasta me puedo recargar, lo más cerca que he podido estar de los demás es cuando me pego al cristal, desde ahí veo todo. Tiene su punto bueno, sabes, todo es más fácil de analizar desde afuera. Toda mi vida ha sido desmembrar la realidad en este azul análisis del mundo.

Siempre, los veía desde atrás de mi cristal, y los detestaba por ser tan estúpidos, por desechar esa parte tan importante que los hacía humanos, homo sapiens. Si somos humanos porque sabemos que sabemos, porque reflexionamos, ¿cómo podían ser tan estúpidos, viajando sólo cual marmotas, como burros de carga? Sí, los odiaba... los envidiaba.

Es desde ahí, donde me di cuenta, de que este frenesí salvaje de vida, a veces casi brotaba en las discotecas. Con las chavitas, paradas como en pasarela, ensimismadas, soñando que están en la televisión, intocables y deseadas, a un paso de entregarse al frenesí, a la apoteosis de Baco. Pero, ahí se quedan, en el límite. Sólo necesitaban un empujoncito, una pequeña ayuda.

¿Por qué aquí en Veracruz? Algo tiene la costa, quizá sea que el corazón siente el llamado rítmico del mar, el más grande símbolo de la eternidad, vehículo de Dios mismo, quizá sea la tierra húmeda, que sube por la piel, quizá sólo sea la cultura.

Una discreta sonrisa salió de su templada mueca y prosiguió:

Los elementos que estaban en juego para lograr ese estado, casi eufórico, son evidentes, siempre han estado ahí: la música y el alcohol. Sólo faltaba un elemento, el teatro, la representación que los transporte a ese estado desde el cual las consciencias se pueden fusionar para formar una sola con el Todo. Estuve estudiando, es casi todo lo que he hecho en mi vida, creando el camino ineludible para llevarlos a todos al éxtasis. Encontré la música idónea, no agregué nada a sus bebidas, no tomaron sino el clásico alcohol que ha fluido en el mundo desde los primeros tiempos del hombre, vaya ¡ni siquiera los hielos tuvieron éter! como en algunos lugares se acostumbra. La representación, la tuve que sustituir con un video, espero que los dioses me perdonen por eso. Un último detalle que tuve que arreglar fue asegurarme que nadie rompa el círculo. Las puertas se cerraron a las 11, nadie entró, nadie salió, a esa hora, tácitamente, empezó el ritual.

Realmente no sabía con exactitud lo que iba a pasar, no esperaba tanto. Sí esperaba uno o dos muertos, pero no que se mataran casi todos, unos a otros, en el más dulce éxtasis. Creo que se debe a que todo ese deseo, lívido si quieres llamarle, estaba encerrado como en una olla de presión, y... ¡pum!, explotó No te voy a describir la escena, no podrías entender lo hermoso que fue. Si te lo describiera posiblemente sentirías el mismo terror que ver a miles de insectos copulando y comiéndose los unos a los otros, sin miramientos. ¡Qué apoteosis tan inefable fue aquella! Fui uno con ellos... lástima que no morí. -Mientras decía estas palabras, bajo la vista para ver su cuerpo lacerado desde antes de que lo llevaran a aquel cuarto para interrogarlo. Después subió la vista hasta encontrarla con la del judicial que lo miraba atónito.

¡No me importa un carajo lo me pase ahora!

Mientras el judicial iba subiendo la pistola para apuntarle a la sien, Calibos lo miraba a los ojos, y le sonrío con paz y condescendencia. Mirándolo a los ojos, con una faz inexpresiva, el bruto tiro del gatillo.

Después lo abrazó por un rato y lloró...


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 02/Sep/00