Los jinetes del Apocalipsis

Jorge Sáez Hadi

Era un burdel que se conservaba mejor que nunca, a pesar de las embestidas permanentes de dos místicos, genuinos representantes de Dios, quienes a través de sus reprensiones intentaron hacerlas sentir culpables, pero fue inútil, la libertad de trabajo, según alegaron, las resguardaba, por consiguiente tenían potestad para vivir y trabajar como cualquier ciudadano común.

-No atentamos contra la ley de menores y quienes nos visitan tienen el criterio formado, así que el pecado del adulterio no es compromiso nuestro.

El propósito de la tenaz decisión de ambos religiosos de iniciar el asedio con el proyecto de expulsar al demonio del poblado coincidió sin que fuera necesario un pacto previo. El pastor Manríquez en una noche clara y apacible partió hacia el lugar de las iniquidades. Con sigilo se acercó y cuando se detuvo a orinar, creyéndose la encarnación del bien, se halló frente al cura Tomás. Como la diplomacia los relacionaba, aunque sus deseos ciertos fuesen inversos, se saludaron y cada uno a medida que se aproximaban al templo del vicio y de la iniquidad, cavilaba en convertirse en el benefactor por medio del cual Dios haría libres a los pecadores que asumieran sus vicios. Sin que nadie lo hubiera siquiera imaginado, la ofensiva del bien hacia el mal prosperó con fuerza arrolladora y definitiva. En media hora de sudor y nervios los dos jinetes del Apocalipsis enfrentaron a la extensa hilera de hombres a la entrada de la vieja casona. Exploraron en los alrededores y advirtieron al demonio encarnado en dos cuerpos desnudos, ligados bajo un frenesí de erotismo. Voyeristas o no, el caso es que perplejos ante el espectáculo apreciaron los exorbitantes senos de Hernanda Ortiz bajo el influjo del amor al aire libre, entonces el pastor Manríquez le preguntó a su compañero qué era conveniente hacer. Este le contestó que continuaran recopilando evidencias que les permitieran después exteriorizarles a los pertinaces sus errores para que conquistasen la redención.

El grandioso sostén quedó sobre el césped luego que la pareja ingresó al interior. Deberás perdonar hasta setenta veces siete, dijo el Señor, qué misterios encierran tus sentencias. Penetraron de improviso con el fin de sorprenderlos, pero sirvió de poco, pues recibieron un efusivo saludo de los presentes y el convencimiento de que ellos venían subyugados por el encanto de las diosas del amor.

-Buenas noches, señores -saludó efusiva la regenta, en tanto los purificadores procuraban zafarse de algún modo del ridículo.

-¿Desean nuestros servicios? Si es así, deben aguantarse, porque la demanda esta noche es enorme, parece que vienen por primera vez, siendo así los atenderemos como Dios manda, les gustan las rubias, las morenas o talvez las pelirrojas. Mientras esperan, disfruten del ritmo ardiente de la cumbia y beban del licor que nos llegó recién esta semana, está delicioso.

No les quedó más remedio que sentarse a observar la mirada perdida de los impenitentes, quienes pasaban al interior cada cierto lapso, suficiente para retirarse más tarde con sigilo a sus hogares. A las cinco de la madrugada sólo quedaron ellos dos y quien abandonó en última instancia y se despidió de la tía Herminia fue Florencio Hernández, el ayudante de la parroquia del padre Tomás.

-Ah, ustedes, señores míos. Es tarde, pero haremos una excepción, porque las niñas tienen sueño. Avísales, Sofía; que vengan a la sala para que nuestros amigos puedan examinarlas antes de decidirse. Un rato después bajo la mirada atónita de los cuatro ojos peregrinos, el contingente de muchachas se paseó, exhibiendo sus cuerpos escandalosos. Los dos religiosos observaron los pechos descubiertos de Hernanda, las piernas de Auristela Pardo, el trasero magnífico de Apolonia Gutiérrez, la cintura de Digna Cancino, las pantorrillas perfectas de Paola Candia y otros glúteos y extremidades que desfilaban al compás de una melodía suave, difundiendo el sobresalto del espíritu. Una vez que circularon todas ante ellos, la sonrisa cómplice de la tía Herminia dibujada en la dentadura postiza colmada de oropel, desapareció para preguntar con cuál de las niñas se iban a la cama.

-Señora, con todo respeto, soy el sacerdote de la parroquia del pueblo. Junto con mi colega hemos venido en nombre de los santos mandamientos, de los buenos hábitos y de las mujeres a solicitarles que se marchen del pueblo, pues debido a vuestros servicios se ha desatado mucha inquietud entre la gente.

-Sabemos -agregó el pastor Manríquez- que se han deshecho matrimonios por vuestra culpa, si no se marchan ya no habrá paz entre los hermanos.

La tía Herminia se quedó en silencio, contrariada, aunque recuperó la calma; se le notó en el semblante que la había caracterizado durante tantos años y les contestó a los anacoretas que lo sentía mucho, pero que ellas sólo ejercían el derecho a subsistir mediante este sacrificado oficio que estaba instituido desde que el mundo es mundo, añadió que eran las bases del equilibrio y que aportaban a la paz en la tierra. Se preguntó en voz alta que quién además de ellas le brindaría amor a los desamparados que no tienen cómo realizarse en el amor, a pesar de que muchos son casados y si nos visitan es porque sufren la indiferencia de sus mujeres, amores inoportunos, desengaños que nosotras curamos sin reparos, con la única condición de que nos respeten, ya que somos un grupo con mucha dignidad. Siguió diciendo que el sacrificio de sus niñas era muy grande, porque se encontraban con toda clase de individuos con desviaciones, así es que cuando aparecía algún calavera le recitaban las reglas de la casa. Nadie puede apuntarnos con el dedo ni menos acusarnos, si hasta tenemos al día los certificados médicos que acreditan un estricto examen mensual.

-La Biblia dice, señora -contestó el cura Tomás tras escuchar el discurso de la señora un tanto resignado -que la concupiscencia en una falta grave y que quien comercie con el cuerpo y provoque daño con ello, no entrará al reino de los cielos.

-La mujer que viva del comercio de su cuerpo -espetó el pastor evangélico -conocerá el castigo del Dios vivo y no habrá razón que la libre de la condenación por los siglos de los siglos, aunque trate de ocultarse en el fondo del océano o penetre hasta el centro de la tierra, ahí mismo la espada sagrada de la justicia del Dios divino la partirá en dos. Quien infrinja las leyes del cristianismo no espere misericordia del Señor.

La mujer que ahora se servía una taza de café y fumaba un cigarrillo opinó que todo lo que le conversaban ya lo sabía, que sin excepción eran felices haciendo lo que les gustaba, además hay muchas formas de transgredir la ley de Dios como matar, robar, estafar, en fin el que esté libre que arroje la primera piedra; aun los hombres que se conducen desde el púlpito me han causado grandes desilusiones. Les cuento la experiencia con el cura de mi pueblo. Se acomodó y miró a los delegados espirituales. Tenía trece años y me preparaba para hacer mi primera comunión y un día llegué una hora antes de que comenzara el catecismo, creía en las ceremonias de la santa iglesia y admiraba a quienes se ataviaban con vistosos trajes y que nos hablaban de los misterios de Dios y su enseñanza. Caminé hacia el altar luego de persignarme con agua bendita y me detuve ante la estatua de San Gabriel de los confines, un santo que se veneraba por los innumerables milagros concedidos a muchos creyentes de la zona. En ese instante oí los ruidos que me despertaron la curiosidad, me acerqué a una de las salas y al abrir la puerta, descubrí al padre a cargo de la congregación con la sotana sobre la barriga y sobre él, a horcajadas, una de las devotas que tanto lloraba en misa por los pecados del hombre. Nunca más regresé, pero sigo creyendo en Dios y sé que él nos protege.

-Perdóneme, señora -soltó el padre Tomás-pero usted no puede condenar a todos los sacerdotes del mundo por culpa de algunos herejes. ¿Acaso no sabe que en el principio de los tiempos Satanás era un ángel?.

-Y usted, curita, no puede reprobarnos por manejar nuestra voluntad.

-Existen varias maneras de ganarse el pan con honorabilidad -sentenció el pastor Manríquez y agregó -el negocio del sexo es pecaminoso.

-He leído lo suficiente como para darme cuenta que en esta sociedad sólo unos pocos tienen la suerte de tener comodidades y mis niñas no están dispuestas a convertirse en empleadas de gente sin escrúpulos. Todo se hace en nombre del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, pregonan los políticos; en nombre de Dios, dictan los religiosos desde sus monumentales catedrales; por mejorar la especie, agregan los dictadores y estimulan genocidios. Saben, ya amaneció, me voy a la cama. Serán bienvenidos, siempre y cuando no obstaculicen nuestra rutina, por el contrario, es mejor que dejen los sermones para los piadosos, buenos días.

En silencio, cuando ya transitaba gente por los contornos, el pastor Manríquez y el cura Tomás caminaban con la moral por el suelo hacia el poblado, cada cual ensimismado en sus reflexiones. Al despedirse se pusieron de acuerdo a diligenciar un acercamiento. Y durante los dos meses que siguieron, con disciplina miliciana aconsejaron con Biblia en mano a las mujeres de la casa de trato y a los usuarios; pagaron por predicarles el evangelio usufructuando del dinero de las ofrendas, propusieron la penitencia sin obtener buenos resultados, aun cuando las rebeldes decían creer en Dios a su manera.

Cuento publicado en el libro "El festín de los cuervos" de Jorge Sáez Hadi


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 07/Mar/05