La casa del mono

Gerardo De la Torre

Como todos los días, esa mañana de mayo me dirigí al puesto de periódicos a comprar el diario habitual, un tabloide especializado en crímenes y otros asuntos desagradables, como la política. Poco me interesaban las noticias políticas, a no ser que se tratara de unas elecciones limpias y sin impugnaciones de los partidos de oposición o del imposible anuncio de un presidente o un miembro del gabinete encarcelado por fraude. En casa, frente a una taza del mejor café, buscaba en las páginas deportivas los resultados del beisbol y el futbol y luego me concentraba en la nota roja, que en las últimas semanas estaba resultando decepcionante: asaltos a mano armada, homicidios pasionales, secuestros de millonarios, pero ningún asunto que despertara el apetito de un voraz buscador de crímenes inquietantes, de casos misteriosos y espeluznantes que exigieran la intervención de un buen detective privado.

Esa mañana, mientras apuraba los primeros sorbos de café y me había colocado en los labios el primero de los treinta o cuarenta cigarrillos que fumaba al día, hallé al fin una noticia que me interesó. Breve, escueta, de apariencia intrascendente. Jugando en un baldío de los suburbios, dos niños habían hallado el cadáver de un desconocido despojado de ciertos órganos.

La nota no mencionaba qué órganos, pero me instalé frente a la computadora, abrí un expediente titulado Órganos y transcribí íntegro el reporte, con fecha y fuente. Después hice varias llamadas hasta que logré localizar a Patricia Ocampo, responsable de la sección policiaca en el tabloide.

-¿Qué sabes del desconocido de Huayamilpas?

-Eso mismo. Que hasta el momento sigue siendo un completo desconocido. Le faltan los ojos y un riñón. El cuerpo no ha sido reclamado.

-¿A quién le encargaron el caso?

-Al comandante Urquiza. Ya sabes, autopsia, unas cuantas preguntas en la zona y si no hay escándalo cierran el archivo.

-¿Y si hay escándalo?

-Se lo quitan a Urquiza y se lo dan a cualquier otro.

-Pobre viejo.

-Tiene tu edad, Federico.

-Por ahí andamos, pero quítale el ímpetu que me sobra y el brillo juvenil de mi mirada. ¿Quieres que comamos hoy?

-Si tú invitas.

-A las tres, en el Tampico. A ver qué encuentras sobre despojo de órganos.

Antes de la cita con la reportera pasé a ver al comandante Urquiza. Era un hombre delgado, seco, de oscuros ojos hundidos que mostraban fiereza en el fondo de la caverna. Fumaba unos puros baratos cuyo olor mantenía permanentemente infestado el despacho pequeño y lóbrego que ocupaba en la jefatura. No era un buen policía y todo el tiempo se quejaba de que lo relegaban. Tenía una secretaria y un par de hombres bajo su mando y siempre le asignaban casos perdidos, sin importancia. Estaba a punto de cumplir los 60 años y lo único que deseaba era retirarse con una pensión decente.

-Comandante -saludé-, del que le gusta.

Y deposite en el escritorio una botella de ron jamaiquino envuelta en una bolsa de papel de estraza. Urquiza metió el bulto en un cajón del escritorio.

-Va contra la ley sobornar a los policías -dijo.

-Pero no hacerle regalos a los amigos.

-¿Qué quieres? ¿Qué andas buscando?

Me había acomodado en una de las dos sillas toscas que estaban frente al escritorio y eché una mirada en torno. En el gran tablero de corcho que se hallaba detrás del comandante había oficios, memoranda, recortes de periódicos, fotos y algún retrato hablado clavados con chinches.

-Me interesa un caso -dije tras la inspección-. El muertito al que le extirparon un ojo.

Una chispa pareció brillar en el fondo de los ojos hundidos.

-Los dos ojos y un riñón. Limpiamente. Diría que es trabajo de un cirujano.

-¿Identificaron al difunto?

Urquiza negó. La chispa se había apagado.

Tomó uno de los expedientes que se amontonaban en un extremo del escritorio y me lo acercó. Contenía el acta de levantamiento del cadáver, inútiles declaraciones de los niños, oficio turnado al C. Jefe de Grupo etcétera etcétera, informe del forense. "Sujeto del sexo masculino, unos treinta y cinco años de edad... evidencias de alcoholismo y desnutrición... sin huellas de violencia... signos residuales de anestésicos... posible paro cardiaco etcétera etcétera".

-Qué más violencia quieren que sacarle los ojos y el riñón.

-Se les pudo haber muerto en uno de esos hospitales de caridad -dijo Urquiza-. Pusieron a practicar a un estudiante y se le quedó en la plancha.

-¿Y por qué los ojos? Que yo sepa, no hay carrera de sacaojos -afirmé.

Urquiza se encogió de hombros y echó mano a la botella del cajón. Sirvió en un par de tazas y me ofreció una. Bebimos.

-De este asunto no vas a sacar ni un centavo -dijo-. Se trata de un pobrete sin padre ni madre ni perrito que le ladre.

-De todos modos me interesa. En una de ésas resulta que tiene parientes ricos que quieren saber qué ocurrió.

El comandante volvió a encogerse de hombros y entendí que no tenía nada que agregar. Le pedí que de surgir algún dato me lo comunicara y abandoné el despacho con la sensación de que para Urquiza el caso estaba tan muerto como el desconocido.

Era improbable que apareciera algún familiar acomodado dispuesto a invertir en beneficio de mi agencia -la agencia soy yo, Santos, Detectives Privados, Dinamismo Seguridad Discreción, aunque a veces contrato ayudantes temporales-, pero el caso del mutilado me atraía. No por afanes filantrópicos sino más bien para evitar el óxido. Y porque nunca está de más dar con una buena pista y congratularse con las autoridades.

En el Tampico Club, a las tres en punto pedí el primer martini seco. Diez minutos después llegó Patricia, morena cuarentona de vivarachos ojos negros, larga cabellera acairelada y caderas firmes, infinitas. Le ofrecí un aperitivo y aceptó un martini.

-¿Hallaste algo?

Había conocido a Patricia unos quince años atrás -los buenos tiempos en que estaba yo al frente de los judiciales-, cuando era una jovencita impulsiva y entusiasta que soñaba con ascender a reportera de políticas. Tan buena resultó para la nota roja, que se empeñaron en retenerla allí y al cabo le ofrecieron la jefatura. La amé sin pasiones excesivas y jamás me correspondió. Cero jits cero carreras ceros errores. A estas alturas de la vida más vale no amargarse por amores perdidos.

Antes de acometer los pulpos con arroz y los filetes de robalo, ya me había referido Patricia la historia del Charifas. Un teporocho sin oficio que cosa de un par de años antes había caído en un hospital, le extirparon un ojo y logró escapar. Por extrañas razones se había presentado en el periódico y mi amiga escribió un relato del caso.

-Allí anda por la vida, tuerto y siempre en el trago -acotó la reportera sin mostrar emoción.

-¿En qué hospital estuvo?

-Nunca lo supo. Salió de madrugada por una ventana, corrió por las calles y al día siguiente ni idea.

-¿Acudieron a la policía?

-El Charifas es un ladronzuelo y no hay ratero que quiera tratos con la tirana.

-¿Sabes dónde encontrarlo?

--Ahí ha de andar, en cualquier piquera del norte de la ciudad.

Esa noche llamé a Juanito Lara y le pedí que se pusiera a averiguar direcciones de tabernas y pulquerías. Me trajo una relación la noche siguiente y la mañana del tercer día comenzamos la búsqueda. A las nueve de la noche ya habíamos visitado casi todos los antros de Tepito y la colonia Morelos preguntando por el tuerto, sin que nadie aportara el menor dato. Al día siguiente, un sábado, al caer la tarde hallamos al Charifas en "El bucle de oro", una cantinucha en Canal del Norte. De la aventura de dos años atrás el teporocho sólo recordaba la carrera desesperada por las calles.

Sin pensarlo mucho tomé una decisión.

-Te invito a mi casa, Charifas. Hay güisqui, coñac, vodka, lo que quieras.

El Charifas mostró al principio cierta desconfianza, pero cuando agregué unos billetes a la oferta, aceptó.

-Vamos a tener que fumigarlo -le dije a Juanito en un aparte.

Lo llevamos a mi departamento en el Eje Cuatro Sur. Juanito logró convencer al invitado de que se diera un baño y se afeitara. Echamos a la basura la ropa sucia y maloliente del tuerto y le pusimos camisa, pantalones y mis pantuflas viejas. Así ataviado, y con un televisor portátil y la cafetera eléctrica, el Charifas desapareció por la mañana. Pero la noche anterior habíamos conseguido sacarle un dato que resultó de valor.

El Charifas se había bebido media botella de güisqui y era incapaz de recordar. Recurrí entonces a mi mejor coñac, una botella cerrada que puse frente al tuerto, pero lejos de su alcance.

-Toda para ti, Charifas, y el dinero prometido, pero tienes que acordarte del hospital. Necesitamos saber dónde está ese hospital.

-No, jefecito, no puedo, por Dios que no... A la mejor si me da otro vasito.

-No, Charifas. Si no recuerdas, no ganas nada.

El Charifas se llevó las manos a la cabeza y la mantuvo inclinada unos instantes. Luego me dirigió su mirada suplicante.

-Un vasito, jefe.

-Ándale, haz un esfuerzo. Mira qué magnífico alcohol -le dije acariciando la etiqueta. Destapé la botella, aspiré el aroma y acerqué la boca del frasco a la nariz del tuerto.

-Es que se me olvidó, deveras que no sé -dijo con desesperación-. ¿Para qué iba yo a querer engañarlo, jefe? Deme una probadita nada más y seguro que me acuerdo.

El ojo mortecino del Charifas lagrimeaba.

-Déjalo, comandante -aconsejó Juanito-. Éste no se acuerda ni de cómo se llama.

-Ni de eso, jefe, ni de eso.

-Mala suerte, Charifas, no hay trato.

Pero al cabo, sometido a esa forma pavorosa de tortura, el Charifas comenzó a recordar.

-Había un lugar, jefe. Era una casa y arriba de la puerta tenía un mono de piedra, muy feo. Allí nos dejaban dormir. Una viejita nos daba de comer y nos dejaba dormir. Buena gente la viejita, creo que se llamaba doña Ulalia. Y si no me equivoco, una de esas noches fui a dormirme allí y luego no supe qué paso y luego andaba yo en las calles y ya había perdido mi ojo. No estoy muy seguro, jefe, pero arriba de la puerta tenía ese mono que le digo, muy feo, con cuernos, jorobado.

-Caray, patrón, no sea malo, deme aunque sea una copita -suplicó al final.

Antes de continuar el interrogatorio le dimos un poco de coñac que bebió de un golpe, ávido, con ansiedad, y tendió de nuevo la copa.

-¿Dónde queda la casa? -pregunté con dureza, exasperado ya por aquel juego ocioso al que no concedía esperanzas.

-Eso sí no lo sé -dijo el Charifas. Pero al cabo de quince minutos de abstinencia reveló que podía encontrarse en Tacuba, en Santa Julia. Por ahí.

Fue lo más que pudimos sacarle y a eso de la medianoche, exhausta la botella de coñac, lo dejamos durmiendo en el cuarto de servicio, con intención de que al día siguiente nos acompañara para identificar la casa si dábamos con ella. Pero ya he contado que la paloma voló.

Juanito y yo nos echamos a buscar y dos días después hallamos la casa del mono en la colonia Pensil. Era un caserón antiguo y grande, ruinoso, con fachada de piedra gris. Sobre la puerta, en un nicho, descansaba una gárgola. Un ente acuclillado, efectivamente cornudo y contrahecho.

Esa misma noche comenzamos a vigilar la casa y pasadas las nueve un tipo con aspecto de pordiosero se acercó a la puerta, hizo sonar el aldabón una vez, otra. A la luz amarilla de un farol cercano logramos ver que abrió la puerta una anciana de apariencia inofensiva. El pobretón entró.

-Ésa debe ser la casa y la mujer doña Eulalia -dije-, pero será mejor que nos cercioremos.

No tuvimos que esperar mucho tiempo. Antes de las diez ya habían entrado otros dos miserables y entonces nos fuimos a un café de chinos a trazar el plan de ataque.

-Lo primero -dije ante un vaso de café con leche-, es averiguar qué sucede dentro de la casa.

Juan Lara sugirió que me presentara a pedir asilo vestido de pordiosero, pero se me ocurrió una idea mejor. Él sería el pobrete y yo su ángel guardián. De nada sirvieron sus protestas.

La tarde del día previsto para la primera incursión había llamado yo a Patricia. "Tienes que venir con nosotros", le dije, "puede salirte un reportajazo". De manera que al anochecer estábamos en mi casa supervisando el disfraz de Juanito. Se había conseguido unas ropas muy sucias y desgarradas y un costal de pepenador relleno de papeles viejos y latas oxidadas, le frotamos el rostro con hollín y la cabellera con aceite quemado. Su aspecto era de veras repugnante.

-¿Qué te parece? -pregunté a Patricia.

-Perfecto. Seguro que va a funcionar.

A las once de la noche nuestro miserable tocó a la puerta de la casa del mono y le abrió la anciana de siempre. Buena parte de los acontecimientos que en seguida refiero se apegan al relato de Juan Lara.

-No tengo dónde pasar la noche -dijo Juan suplicante.

En la actitud de la dulce anciana no hubo sombra de suspicacia.

-Entra, hijo, entra -dijo con voz muy suave, de madre amorosa-. Aquí encontrarás un hogar, nada te faltará.

Doña Eulalia condujo a Juan por un largo y desnudo pasillo y desembocaron en un salón amplio, con muebles antiguos y descuidados, rotos aquí y allá, los sucios sillones con los resortes al descubierto.

-¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo?

El falso pordiosero, aunque poco antes había ingerido media docena de tacos al pastor, dijo que sí.

La buena señora, entonces, repetidas veces le preguntó si tenía parientes, si no existía en el mundo alguien que lo socorriera. Y en otras tantas ocasiones Juan ofreció la misma respuesta.

-No, señora, no tengo a nadie en la vida. Ni familia ni amigos ni nada.

Convencida, la dama le sirvió sopa tibia, un plato de carne escasa con frijoles de la olla, un vaso de plástico con agua de tamarindo.

El agua contenía sin duda un somnífero. Juanito detectó el sabor intruso desde el primer sorbo y en cualquier descuido arrojó el agua a un macetón con resecos restos de plantas.

La vieja lo llevó luego a una habitación inmensa, con una docena de camastros en los que reposaban varios hombres de aviesa catadura. Las grandes ventanas, observó Juan, habían sido clausuradas con tablones.

-No me explico cómo alguien podía dormir allí, entre ese escándalo de pedos, ronquidos, eructos y un olor infernal -relató Juan Lara y tomó nota Patricia-. Por suerte yo no deseaba pegar los ojos. Como era mi intención, permanecí alerta, y de madrugada escuché ruidos extraños en el pasillo. Entreabrí apenas la puerta de la habitación, con mucho tiento. Dos hombres transportaban a alguien en una camilla y doña Eulalia iluminaba el trayecto con una lámpara. Corrí a la ventana y por una juntura de los tablones pude ver cómo subían la camilla a una ambulancia.

-¿De dónde era la ambulancia? ¿Qué señas tenía? -preguntó la reportera.

-Estaba muy oscuro. Sólo distinguí la forma del vehículo y unas grandes cruces rojas sobre fondo blanco.

-Eso no ayuda.

Por la mañana Juanito había contado a doña Eulalia, como si los hubiera soñado, ciertos hechos de la noche. La presencia de unos camilleros vestidos de rojo, sin duda demonios, que se llevaban a un hombre.

-Sueños, hijo mío, pesadillas. Es tu alma atormentada.

Pidió Juanito permiso para volver esa misma noche y la anciana, maternal, bondadosa, lo concedió.

-Esta noche y todas las que quieras, hijo.

Fue la siguiente una noche de neblina baja. En el cielo las nubes ocultaban la luna y de pronto un desgarrón la descubría. Juanito retomó el disfraz y alrededor de las once compareció en la casa del mono. Le dieron sopa tibia, la carne escasa y agua de sandía. Frente a la anciana, que esta vez no lo perdió de vista, se las arregló para que el agua se le derramara por la barbilla y bañara la camisa cubierta por un abrigo viejo y muy sucio. Al final tuvo que beber los restos del líquido porque doña Eulalia, amorosa y firme, así lo exigía. Pensando en diluir posibles sospechas, Juan pidió un segundo vaso para llevárselo a la cama. Esa segunda noche le dieron una habitación para él solo, un pequeño cuarto con un camastro y sin ventanas.

-Te aseguro que hoy no vas a tener pesadillas, hijo.

"Afuera -escribió Patricia en su reportaje-, desde el Topaz negro del detective Santos, vigilábamos el comandante Urquiza, Federico y yo. La espera fue larga, tediosa, angustiante, y al fin, a eso de las tres de la mañana, una ambulancia se detuvo frente a la casa de la gárgola. Bajaron dos hombres portando una camilla y entraron a la casa. Quince minutos después la abandonaron llevando en la camilla un hombre cubierto. Estábamos seguros de que se trataba de Juan Lara".

-Hay que caerles, comandante -sugirió Patricia.

-No, muchacha, paciencia -dije Urquiza terminante-. Vamos a seguirlos, tenemos que dar con su centro de operaciones.

-¿Y Juan? ¿Qué va a pasar con Juanito?

-Soy un viejo zorro. Tienes que tenerme confianza.

Patricia conducía el Topaz. Urquiza le indicó que siguiera a la ambulancia sin encender los faros y ella obedeció. Pero algo hizo que los maleantes sospecharan y emprendieran una acelerada huida.

-Se dieron cuenta -grité-. ¡Vamos, muchacha, acelera! Enciende los faros, lo que quieras, pero no los pierdas de vista.

"Volábamos por Ejército Nacional -escribió Patricia-, por Mariano Escobedo. De pronto, a la altura del Deportivo Chapultepec, se abrieron las puertas traseras de la ambulancia y vimos caer un cuerpo que rodó por el asfalto".

-¡Detente! -exclamó Urquiza.

"Logré esquivar aquel cuerpo envuelto en una sábana y apliqué los frenos. Bajamos del Topaz, nos acercamos al caído y Federico Santos le descubrió el rostro. Era en efecto Juanito, que adormilado y víctima de terribles dolores, heroicamente pidió que continuáramos la persecución".

-Los perdimos, Juan, escaparon -dijo exasperado el comandante Urquiza, y para tranquilizarlo agregó-: pero nos volveremos a encontrar.

Antes del amanecer, los agentes de Urquiza allanaron la casa del mono. Doña Eulalia fue detenida y trasladada a la jefatura. En la casa fueron hallados también cuatro miserables que, tras un interrogatorio que no condujo a nada, fueron puestos en libertad. En el jardín dieron con un cementerio clandestino y exhumaron los restos de media docena de desconocidos.

"La anciana capturada declaró llamarse Eulalia Díaz Barreiro, de 73 años de edad. Afirmó que la casa de la gárgola era de su propiedad y a pesar del severo interrogatorio se negó a ofrecer mayores datos sobre sus cómplices. Doce horas después de su detención en los separos de la jefatura sufrió un síncope cardiaco del cual no logró recuperarse".

Juanito tuvo suerte. Resultó con fractura descubierta del cúbito y el radio, fractura simple del ilíaco y múltiples raspones. Nada más, pero tendría que guardar cama seis semanas.

-Mes y medio sin trabajar -me dijo-. ¿De qué voy a vivir? ¿De la caridad?

-Tu mujer es alma caritativa -respondí-, no tendrá inconveniente en mantenerte.

-La pobre Carla anda quebrada, comandante. ¿Puedes hacerme mientras un préstamo?

Llevaba yo preparada la chequera.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 02/Feb/02