EL PUENTE DE METLAC

Leo Mendoza

Idolino Nogueira pintaba paisajes. No era un artista famoso ni pertenecía a los muchos grupos vanguardistas que, por esos años, dominaban el mundo de la plástica. Jamás en su vida le pasó por la cabeza realizar un performance o action painting y, aunque admiraba a Japsers, Pollock y Rothko, nunca se sintió tocado por la abstracción. Él era figurativo a rajatabala. Aunque había estudiado en la academia y algunos compañeros se hicieron famosos en el medio, había decidido desde muy joven que lo único que le interesaba era ser paisajista.

Consideraba sus maestros e influencias más notables a Velasco y Clausell y al Rivera parisino y, para él, la última corriente pictórica importante había sido el impresionismo. Lo que vino después -decía--, era la caída del arte en un hueco constituido por las nuevas tendencias de las instalaciones, la manipulación digital y eso que llamaban conceptual. Simplemente, no le cabía en la cabeza que un artista tuviera que echarse rollos y rollos, sumergirse en un mundo de palabrería, para que su obra se entendiese.

"Las palabras sobran frente a un buen cuadro" -decía en las tertulias de La Ferrolana, rodeado por sus compañeros de oficio que, domingo a domingo, vendían su obra en los camellones de Álvaro Obregón o bien se desplazaban a Tlacoquemécatl para poner su puesto.

Idolino no era un mal pintor. Sus cuadros tenían mucho más oficio que los innumerables paisajistas de fin de semana. De hecho, era dueño de una técnica envidiable. Y en realidad -él mismo lo había dicho- había nacido en un tiempo equivocado. Un siglo atrás su obra hubiera sido reconocida y elogiada, especialmente por aquellos paisajes que, a la manera de los viejos maestros, iba a buscar a los alrededores de la ciudad y en lugares aún más lejanos, invirtiendo en el periplo buena parte de lo que ganaba con la venta de sus obras.

Soltero -"por decisión propia", juraba- había entregado al arte los mejores días de su vida sin siquiera preguntarse si lo que hacía estaba bien o no. Quizá por eso, a pesar de haber sido seleccionado para varias salones de la acuarela, sus paisajes nunca habían colgado de las galerías de moda y, menos aún, en las bienales de arte moderno que, a decir de Idolino, "estaban dominadas por críticos tan verborreicos como los mismos pintores, un asco, pues".

Su obra estaba en las cantinas, en casas de algunos nuevos ricos, en las paredes de los fraccionamientos de clase media, en los despachos de algunos comerciantes y uno que otro abogado y las oficinas de abarroteros y aun en los hoteles de paso. Algo lo obligaba a seguir adelante aun cuando sus lienzos no encajaban con las "tonterías japonesas y minimalistas" que le habían quitado a infinidad de clientes.

Y cuando de plano las cosas se ponían muy mal, Idolino se dedicaba al rotulismo porque nunca no faltaba el bodeguero que deseaba un pequeño adorno para un local en la central de abastos o en aquella marisquería que, gracias a su éxito, se había ensanchado y en la parte nueva hacía falta un mural cargado de pulpos, hombres rana, tiburones, ballenas y toda la variopinta fauna que iba asociada con los frutos del mar.

De algunos de aquellos trabajos alimentario se sentía particularmente orgulloso mientras que otros ni siquiera atrevió a firmarlos, sobre todo cuando los dueños -y en eso Idolino era respetuoso del principio de que el que paga manda- le habían exigían dibujar personajes de La Sirenita o de alguna otra película de Walt Disney.

A veces, luego de su visita a alguna galería -"lo hago porque soy masoquista", decía-que había abandonado asqueado, lo invadía el desánimo. Entonces, si había logrado alguna buena venta o un trabajo más o menos bien pagado, montaba en su combi y se iba a buscar inspiración al campo. Era su manera de relajarse y dar cumplimientos a sus sueños: encontrar y pintar, retratar, desde su propio tiempo, su ahora, muchos -si no es que todos- los cuadros que admiraba. Algunos le habían costado sudar sangre.

Para ver a la ciudad desde Molino del Rey, desde el mismo sitio de donde la había pintado José María Velasco, vivió un verdadero Calvario: primero, para encontrar el lugar exacto gracias a la ayuda de algunos historiadores y, luego, para conseguir el permiso del cuerpo del ejército ahí establecido para dibujar o retratar en una instantánea el paisaje que en ese momento podía verse.

También había sufrido en Contreras, Tacubaya y Chalco. Muchos de los cerros y las rocas que se estaban en primer plano en la obra de Velasco, hoy se encontraban cubiertas por una abigarrada multitud de colonias, las más de las veces pobres, donde, en algunas ocasiones, ponerse a trabajar, aun a plena luz del día, era para pensarse. Sin embargo, Idolino corrió con suerte. Además, era rápido en su trabajo: esbozaba el cuadro en unas cuantas horas y se retiraba. Luego, auxiliado por las fotografías, le daba forma al paisaje que en ese momento ya era plenamente urbano. Y al hacerlo no podía dejar de sentirse culpable al recordar cómo tantas y tantas veces había dicho en La Ferrolana que todos los que utilizaban fotografías para sus composiciones -tal y como tanto pintores "decorativos", así los llamaba Idolino, estilaban- eran unos inútiles. Sus quejas casi siempre remataban con:

-La mayoría de los pintores de hoy no saben dibujar o no utilizan el dibujo y los que sí saben hacerlo son unos comodinos. No inventan nada.

Con Clausell no le fue tan mal: el canal de Santa Anita era un eje vial y pintarlo desde la misma perspectiva del artista fue una lección: el tiempo había transformado al vapor y las trajineras en peseros y transportes de carga. Mientras que las fuentes brotantes, que el creador del siglo XIX había bañado de una luz azul, se habían transformado en una especie de pileta cuyas aguas parecían estancadas desde hacía mucho tiempo y cuyos alrededores -el bosque del pintor era brumoso, cubierto por un halo de misterio-estaban poblado con puestos de fritangas. De que Idolino lo hubiera pintado como una salvaje fiesta multicolor en donde la solitaria espiritualidad del siglo XIX había dado paso a la velocidad y el escándalo de los últimos días del milenio.

A Nogueira ni siquiera le había cruzado por la cabeza la idea de vender alguna de estas obras. Era una colección sólo para sus ojos y para los de algunos de sus amigos que tenían en alta estima aquellos cuadros, a los que consideraban lo mejor del paisajista y no se equivocaban.

Muchas de estas recreaciones seguían, en líneas generales, el trazo del artista aunque casi siempre terminaba por triunfar la mirada del presente: la famosa ola roja del campechano se había transformado en una mancha gris salpicada por los brillos de la tarde porque así había visto Idolino a las aguas del Golfo. Las nubes del valle de México no eran apacibles. Más bien se trataba de una masa oscura que se cernía aterradora y a la vez espectacular sobre una ciudad que había crecido hasta el infinito.

-Si me vieran hasta podrían decir que soy moderno si no es que posmoderno, por aquello de las citas-, decía en la cantina que era casi la oficina de los nutrido grupo de amigos que ahí se reunía gracias a la eficacia para tomar recados de don Sebas, el cantinero, quien algunas ocasiones hasta fungía como el representante de todos ellos y negociaba en su nombre.

De hecho, Idolino guardaba bajo la enorme barra de caoba reproducciones de sus cuadros favoritos. Con éstas en la mano, discutía sobre cómo debería pintarlas en el presente.

Y también hablaba de sus fracasos. Sus amigos supieron que, por más que lo intentó, jamás llegó a encontrar un órgano -cardón le llamaba Velasco- tan alto como aquel que el paisajista había pintado en Oaxaca. Aunque la catedral le había quedado extraordinaria vista de costado, tal y como la había retratado su ídolo, el templo se elevaba envuelto por los multicolores plásticos del tianguis que la rodeaba y la convertía en una isla en el mar de los comercios ambulantes.

Sin embargo, la obsesión de Idolino era pintar la barranca de Metlac tal y como lo había hecho Velasco. El problema para el pintor era que el paisajista decimonónico la había registrado en cuatro ocasiones y en todas la situación planteada era semejante: un tren que penosamente cruza el puente -que en su día fue una obra casi majestuosa de la ingeniería mexicana- y asciende sobre la curva mientras la locomotora suelta blancos fantasmas vaporosos.

Era su sueño dorado. Ya había viajado varias veces a Veracruz para planearlo así que sabía que desde los años ochenta el puente de Metlac -los jarochos dicen que de ahí para arriba comienza Puebla- cuando se construyeron dos modernas estructuras; una para autos, de peaje, convertida ya en un lugar turístico al que miembros de clubes de montañistas acudía para lanzarse en ligas, y otra para el ferrocarril.

A los pies del puente se abre la barranca. De un lado, al fondo, se pueden ver algunos balnearios a los que se llega siguiendo el viejo curso del tren mientras que, del otro, aún existe aquella curva ferroviaria con todo el puente pintado por Velasco.

Una noche, tras poner punto final al mural de encargo en una pescadería de la Nueva Viga en donde nadaban los personajes de Buscando a Nemo, Idolino anunció en La Ferrolana su intención de cumplir de una vez y para siempre con aquel deseo.

-Así que no me esperen a cenar-, dijo en tono de broma y sin invitar a su viaje algún amigo como otras veces lo había hecho.

-La verdad, es que un asunto privado, casi íntimo.

La cosa, para algunos, era que Idolino alguna vez se había medio enamoriscado de una muchacha de Fortín de las Flores que, finalmente, asustada por la pobreza del pintor aun cuando halagada por sus galanterías, había tomado el camino de la frontera.

Esa noche Idolino se emborrachó y acabó despotricando contra todo mundo, contra los críticos, contra las nuevas corrientes artísticas y las nuevas disciplinas y a la mañana siguiente, con una cruda que era como un taladro en la cabeza, Idolino partió con rumbo al sur.

Llegó aquella misma tarde a su destino porque sólo se detuvo a cargar gasolina y para comprar algunas cervezas. Se hospedó en uno hotel cercano al Fortín y al amanecer se encaminó a la vieja estación -abandonada ya - para seguir a pie el trazo de la vía, rodeado por la humedad, el calor y los colores del trópico. Las hojas de cañas silvestres, higuerillas y trepadoras lo cercaban como cuchillos, cortándole el paso. Avanzaba por el viejo camino de hierro como dentro de un túnel verde brillante.

A poco, la espesura cedió para dar paso a otro paisaje. Uno más sombrío donde la temperatura descendía abruptamente como el trazo de la vía. La vegetación raleaba: ahora era el turno de los magueyes y las dulcamaras. Cruzó bajo la sombra del puente nuevo que se elevaba majestuoso y comenzó el penoso ascenso hacia Metlac.

Horas después, se encontró con aquella gran curva que tantas veces había soñado pintar. El puente férreo permanecía en pie, aparentemente intacto. Sin embargo, lo que el paisajista jamás esperó encontrar fue a la enorme bestia que habían colocado por encima de la vía. Aquel toro se elevaba inmenso y aplastaba la belleza del paisaje.

En cualquier otra parte, en la ciudad o aun en la carretera a Cuernavaca, aquel espectacular no le hubiera molestado a Idolino para nada, pero ahí, en medio de su paisaje, de su sueño, le pareció punto menos que un sacrilegio.

Sacando fuerzas de flaqueza, abrumado por aquella revelación -cinco años atrás el toro aún no estaba- se decidió a cumplir su cometido aunque tenía el ánimo por los suelos. Algo en su interior se rebelaba contra aquella monstruosidad que no dejaba de moverse como si estuviera viva. Cual verdadero animal de lidia, se alejaba y se acercaba, y mudaba de colores caprichosamente, saltando del azul al rojo y de ahí al amarillo.

Pensó que era el viento, el soplo cálido que subía desde la costa cargado de humedad. Pero el aire en aquel momento no era algo más que una suave brisa.

Luego, creyó que se trataba de una alucinación o de la picadura de algún insecto o una alergia provocada por las plantas que poblaban la cañada y, sin pensarlo siquiera, desanduvo su camino.

Pero durante los días siguientes le ocurrió lo mismo. Idolino desesperaba: sus fondos se agotaban rápidamente y aunque había hecho dos que tres trazos ninguno le satisfacía realmente.

Y el animal que dominaba el paisaje se transformaba todo el tiempo. A punto estuvo de darse por vencido. Pero su tenacidad pudo más que cualquier otra cosa.

Una semana después regresó a La Ferrolana. Flaco pero mucho menos sombrío de como se había ido.

Sus amigos le preguntaron por el cuadro y la respuesta de Idolino los dejó mudos, culiatornillados en sus asientos.

-Nada, lo mandé a la Bienal.

Para algunos aquel acto era una prueba de Idolino había enloquecido en el viaje. Otros, por el contrario, consideraron que el paisajista había quebrantado sus reglas y los menos lo felicitaron por abandonar la covachuela del desánimo.

Lo más sorprendente, sin embargo, fue que Idolino obtuvo el primer premio y, además, le organizaron una exposición individual con sus recreaciones en galería de Bellas Artes, con catálogo incluido.

La noche de la inauguración sus amigos se dividieron: para unos aquello era una burla; otros que se trataba de la claudicación de sus ideales, la venta de su alma a cambio de treinta monedas. Sólo uno de ellos se acercó al artista y lo abrazó, emocionado.

El cuadro ganador abría la muestra. Se llamaba El puente de Metlac, pero del puente no había mucho en el lienzo. Lo que Idolino había pintado era la gigantesca cabeza del anuncio. La gigantesca y negra silueta de la testuz de un toro bravo sobre un fondo tan rojo como la sangre. Eso era todo.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 15/Jun/06