Maestro Limpio

Joserra

Cuando regresé, la casa de mi madre, la casa que había sido de mi madre y de mi padre, la que había sido mi casa, estaba terriblemente limpia. Como nunca. Como quizá la habían mirado cuando se la vendió esa pareja que usaba la planta baja como biblioteca y tenía un jardín japonés, limpia como jamás la permitieron los niños y los perros de los niños y la desidia tras la partida de los niños. Cuando regresé, la casa estaba tan limpia que sentí miedo.

Mi madre estaba en el hospital, recién le habían transplantado un riñón. Un gozo esperanzado, una silenciosa sospecha de Dios, un hablar siempre en voz baja.

De noche, en viernes, supongo que recién comenzaban los Simpson, Juan Manuel contestó el teléfono y reconoció a la voz temerosa al otro lado de la línea. Hay un donador, necesito estar en media hora. Mi hermana averiguó el número de mi vecina y mi vecina me lo dijo. Suerte, deseó. Para la hora del noticiario yo ya viajaba en un autobús rumbo a la Ciudad. Con un cuaderno y una novela releída y diez mudas de ropa apretujadas en mi mochilita de cargar libros. Traté de mirar el camino, traté de dormir, traté de abrir la novela. Traté de no pensar. Llegando a la Central Camionera me subí a un taxi. ABC hospital. Fingí un acento para no charlar.

Pasé catorce horas con mis tres hermanos en una sala de sillones rojos viendo Hola México, películas de los años cincuenta, Ventaneando, concursos tristes, caricaturas. ¿Ese es el famoso Dragon Ball? Supongo.

Vinieron los tíos, los abuelos, algunos amigos. No pueden visitarla, está en inmunodepresores. No pueden visitarla pero está ahí. Al otro lado de la puerta.

Ricardo me explicó. Hay que tener todo limpio para que no vaya a agarrar una infección. Miramos incrédulos esos pisos, esos estantes, esos muebles. De pronto no era nuestra casa. No podía ser. ¿Cuándo sale? Se supone que dentro de ocho días.

La noche que regresé a la casa de mi madre sorprendentemente limpia, cada uno de los hermanos durmió en su antiguo cuarto. El teléfono sonó a las cuatro de la mañana, una vez. Llamamos al hospital. Está bien. Pero ya no pudimos dormir. Habría que lavar las sábanas, le quitaran la sonda y fuera capaz de orinar, saldría. Nuestras visitas ya duraban casi cinco minutos. Aún con tapabocas y bata, sin poder tocarla nunca. Pero de cinco minutos.

Yo no podía evitar hablar de su ventana al Colegio Americano, por lo menos veo las nubes. En la noche nos poníamos de acuerdo para mirar los cinco la misma película. Ella en el cuarto, nosotros en casa, en la sala de televisión todavía con los sillones colocados en hileras como si fuera cine. Nos llamábamos seis o siete veces durante las dos horas, para decir cualquier cosa.

¿Se fijaron que ya no está viendo las telenovelas? Las telenovelas con las que entretenía sus largas horas de diálisis. El miércoles habíamos ido, después de mirar Rebeca de Hitchcock, a un Superama que abría las veinticuatro horas a comprar nuevos envases de tupperware. Para el refrigerador, que habíamos descongelado y que tallé a conciencia. También hace falta más Maestro Limpio. ¿Te cae? Es que desinfecté los baños y la cocina. Había una mujer que vendía girasoles hermosos frente al súper. ¿Quién le compraba a las tres de la mañana? Nosotros no podíamos.

El jueves no salió porque la herida, aunque ya no drenaba sangre, expulsaba un poco de suero. Todo el día se fue en análisis de la baba transparente que al final resultó ser inofensiva. Yo creo que mañana ya viene, le dijo Carmina a Roberto, su marido, que no se quedaba a dormir. Era como si fuéramos completamente hijos de nuevo. Nadie más se quedaba a dormir.

Para el viernes, mi cuaderno no sólo estaba lleno de listas de limpieza y esterilización cumplida (lavar vajillas con cloro, cerrar despensas, sellar las puertas de su cuarto, asegurarse de orear el garage, mentir por teléfono) sino que florecía con cientos de dibujos de perros y aviones, de palotes, de nerviosas palabras sin mayor conexión, de pesadillas que ahogaba en kilómetros de tinta.

Para el viernes, nos atrevimos a preguntar en la caja cuánto debíamos hasta el momento. Ricardo llamó a mi padre y le dijo la cantidad. No hay problema. Pero en los análisis de la tarde la creatinina había subido. Ya sin sonda, ya con su pijama, ya con ganas de estar en su casa extrañamente limpia, Saltzman le dijo que la creatinina había subido. Y no le dijo que podía ser rechazo.

Cómo decir más difícil que la noche misma de la operación, cómo mirar sin entender el ultrasonido, la resonancia magnética, los rayos X, cómo exigir respuestas a los médicos, cómo esperar el resultado de una prueba más, cómo quedarse callados y vencidos los cuatro, en el cuarto. Nadie lloró.

Se podía intentar un tratamiento de tres días: más inmunodepresores, quedarse en la salita roja comiendo papas fritas y donas Bimbo y cocacolas de lata, mirando la incesante televisión, escuchando esos comentarios que parecían de velorio, Lo que necesiten, lo siento mucho, no pierdan la fe.

Estás bien calvo, güey. Fue lo único que recuerdo de la noche del sábado, del domingo entero. El lunes le quitaron el riñón nuevo, le hicieron diálisis de nuevo y pudo regresar a la casa. No te preocupes, era un riesgo. Mi hermana había regresado con Roberto y Juan Manuel al trabajo. Ricardo se estaba bañando. Ya te puedes ir.

Le pedí a la señora Mary que me lavara la ropa. Fui al Superama para ver si estaba la señora de los girasoles. No la encontré. Cuando regresé a la casa, Ricardo estaba listo. Te llevo a la Central. ¿No te hace falta un Maestro Limpio? Y aunque estaba seguro que no, le dije que sí y pensé que a lo mejor a mi vecina y lo coloqué entre mi ropa tibia, recién planchada, por una vez en la vida absolutamente limpia.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 05/Feb/00