El Corazón de Manatli

Mauricio León Valle

Juan caminaba al paso sereno que marcaba el perro Manatli. Los grillos callaban el canto al menor indicio de su cercanía y la noche sin luna no abrigaba los fríos que le helaban el alma. Un viento pequeño le hizo saber que se acercaba a la Tierra del Señor Tezcatli, ubicada en el medio de ninguna parte y de todas, le había dicho Anselmo Araujo hacía tres días cuando le mandó el encargo. Tú camina, le dijo también, a donde el perro Manatli ti lleve y no dudes que la Tierra aparecerá; no tengas miedo, ricuerda que el encargo que llevas ti protege. Cuandostés cercas, agarra tres piedras rojas, escupe en las dos primeras, y guárdalas en tu huipil; la tercera aviéntala al perro Manatli y corre tras del hasta que si ditenga. El encargo lo dejarás en el punto isacto donde deje sus orines. Luego corre di rigreso, no voltiés y no pares hasta allegarte a Mictlantépetl. ¿Y cómo voy a saber quistoy cerca, preguntó Juan, si naiden ha visto la maldita Tierra? Ti digo, respondió el anciano, qui lo sabrás.

- Ay Siñor Diosito- pensó escuchando sus pasos en la tierra muerta- si tú pudieras vinir aquí conmigo, pero sé que acá no llegas.

Ni Dius Padre, recordó lo que le había dicho Remedios, llega a esus malditus lugares. Ancina que no.

Apresuró el paso al darse cuenta que el can se le adelantaba y casi se le perdía en la espesa oscuridad. La noche le desesperaba, el viento hacía volar un polvo invisible que le pegaba en la cara apenas cubierta por un rebozo deshilachado, los pies le ardían en incontables llagas rellenas de tierra y las manos, ocupadas en cargar el paquete, estaban entumidas y casi insensibles bajo la escasa indumentaria.

Caminó mucho tiempo más con la espantosa sensación de estar demasiado cerca de su destino sin llegar a él. Había clareado desde hacía rato y entonces el Sol hizo su aparición tras los cerros a su derecha; la luz brillante no sólo no le calentó, sino que le provocó una oleada de frío intenso que trató de quitarse dando pequeños brincos mientras el perro Manatli volteaba como para burlarse de él. Juan sintió una sed terrible; miró a su alrededor y sólo vio escorpiones entre arbustos secos y nada que pudiera saciarla. Las pulsaciones de sus pies comenzaron a aumentar de intensidad y el perro aulló frenéticamente momentos antes de que la tierra se comenzara a estremecer con furia.

Fue entonces que lo supo.

Remedios había terminado de rezar el rosario ante el cuerpo arropado del niño cuando sintió el movimiento telúrico. Se persignó tres veces, arrojó el rebozo sobre su hombro y corrió hacia la puerta; enfiló su carrera sobre la calle y dobló en la esquina del establo donde las vacas luchaban frenéticas por romper sus ataduras y escapar. Apretó el paso cuando vio la casa de Casildo Teutli desplomarse con estrépito y se persignó una vez al atravesar la nube de polvo resultante. La gente comenzó a salir de sus casas entre gritos y llantos, y a Remedios le fue difícil mantener el paso ante la confusión; dobló una vez más en la iglesia y casi es alcanzada por la campana que cayó destrozándose tras ella. Corrió aún más rápido y el escándalo de gente y pueblo se fue quedando atrás mientras se acercaba al Círculo. Para cuando llegó a la pequeña hondonada donde Anselmo Araujo recibía a todo aquel que quisiera hablarle, que se conocía como el Círculo Santo, el viejo ya la estaba esperando. La estela de polvo que Remedios dejaba tras de sí la envolvió cuando detuvo el paso justo en la formación de rocas que delimitaba el Círculo. Anselmo, de pie en el centro, la encaró.

- ¿Cómostal niño? - preguntó.

- ¡El pueblo si muere! - dijo ella rompiendo en lágrimas, ignorando la pregunta - ¡Sistá muriendo, ancina!

El anciano se mesó las barbas y volvió a preguntar:

- Remedios, ¿cómostal niño?

Remedios cayó en la cuenta de que no sabía si su casa seguía en pie. Se miró las manos y pensó un segundo.

- ¡No sé! - gritó - ¡pero ancina que yastaba muerto!

Anselmo Araujo calló unos segundos.

- Yo ti lo pregunto, ¿cómostal niño?

- ¡Muerto! - respondió en un grito desgarrador - ¡Ta muerto desdiayer!

Remedios se desplomó en el piso provocando otra nube de polvo que la rodeó. El viejo alzó la mano y se dirigió nuevamente a ella:

- Ti digo una vez nomás que ti lo vayas con el niño, Remedios, que ti lo vayas con él y lo amamantes.

Remedios se puso en pie y enjugó sus lágrimas con el rebozo. Con paso lento y pesado se alejó del Círculo dejando al viejo sólo, quien giró junto al viento hacia el oriente y continuó esperando la llegada de Juan.

El perro Manatli recibió el golpe de la tercera piedra en el medio del costillar y corrió con la cola entre las patas profiriendo una serie de aullidos que Juan escuchó con los ojos cerrados: interpretó los peores insultos y maldiciones y supuso que de ahora en adelante su vida sería maldita y desventurada. Tensó el cuerpo, abrió los ojos dejando escapar un par de lágrimas y se lanzó a la persecución del perro; el temblor aumentó de intensidad dificultando su avance y mandándole al suelo, desde donde miró el lugar donde el perro Manatli dejó su marca. Se acercó rápidamente y con el cuidado que la angustia y las placas tectónicas se lo permitieron, depositó el paquete envuelto en tela de manta en el suelo; al momento el temblor aumentó su intensidad y Juan sintió un terrible rugido bajo sus pies. Recordó las palabras de Anselmo Araujo y la inevitable urgencia sustituyó a la repentina curiosidad: el hombre comenzó una carrera con dirección a su propia sombra que duraría - recordaría Juan tiempo después - demasiado tiempo.

En el frenesí de su escapatoria no se percató que, a su espalda, una oscuridad sobrenatural crecía como una esfera irregular alrededor del objeto; pronto alcanzó el tamaño de un hombre y unas manos curtidas tomaron el paquete y comenzaron a desenvolverlo. Cuando la tela cayó al suelo una luz surgió de él, creciendo en pocos instantes hasta disolver la oscuridad y rivalizar con el sol. El Señor Tezactli sonrió complacido al mirarse iluminado y por su mente cruzó el recuerdo de las incontables décadas en que la oscuridad le había impedido admirar tal majestuosidad. Guardó el objeto dentro de su túnica, lo que le otorgó un aspecto traslúcido, y emprendió una vigorosa caminata hacia el poniente siguiendo el claro rastro de la huida de Juan.

Remedios caminó entre la gente y los escombros sin dar importancia a la tragedia; su mente se ocupaba únicamente en los veintiún infantes que había traído al mundo y las veinte tumbas que rodeaban la periferia de su jacal: veinte pequeños bultos de tierra donde había plantado perejil, tomillo y ajenjo; en algunos habían crecido gerveras y espesos racimos de tréboles, así como chiles cuaresmeños e incluso una aralea chiflera extendía sus hojas al sol y las raíces entre la inocencia. Remedios dio por ciertas las crípticas palabras de Anselmo Araujo - aunque no las entendió nunca - acerca de la concepción inmaculada de estas criaturas: no es de cierto que las hembras como tú necesitan machos para que los escuincles vengan. Ancina que los hombres no tihacen nada y la misma tierra ti lo da; los hombres buscan lo quiatí ni tihace falta, si nomás ti lo sobra. A ti, Remedios, ti ha sido rigalada la gracia y no puedes quitártela.

Una vaca aún atada al establo caído le mugió pidiendo libertad, pero Remedios no atendió a la súplica y continuó caminando hasta que su jacal apareció intacto entre los escombros de las construcciones vecinas. Eligió, por si acaso su fe en el anciano no fuera suficiente, el lugar para la vigésimoprimera tumba. Había guardado hacía tiempo unas semillas de chile verde que plantaría sobre ella y pensó en transplantar el laurel que adornaba la única ventana de su vivienda. Cuando entró descubrió encendidas las cuatro veladoras que había apagado la noche anterior y un intenso aroma a hueledenoche que impregnaba la habitación; un murmullo casi inaudible atrajo a la mujer hacia le cuerpo del niño envuelto, y los movimientos que percibió entre la penumbra le obligaron a tomarlo entre sus brazos y desenvolverlo rápidamente. El niño abrió los ojos, miró sobresaltado a su alrededor y, al verse de nuevo ante el mundo, le dedicó una sonrisa sin dientes a su madre. Remedios lo abrazó con una felicidad que la abrumaba y no se percató que, alrededor del niño crecía una penumbra como esfera que los envolvía y acallaba los sonidos que entraban por las ranuras del jacal.

El perro Manatli entró al Círculo Santo medio día antes que Juan. Su amo comía una tortilla con desapasionada parsimonia cuando se sentó frente a él y le lamió el huarache; el anciano dejó caer un pedazo de tortilla que el perro comió con voracidad.

- Ancina que aquel ya no vive en la oscuridá - dijo el viejo mirando al horizonte. Lanzó otro pedazo de tortilla que el perro tomó en el aire y tragó sin masticar. Anselmo aguardó un minuto y continuó:

- Y además - dijo volteando a ver al can quien metió la cola entre las patas - viene para acá.

Juan llegó junto con el crepúsculo. Su cuerpo sufría las consecuencias de la inanición y se desplomó apenas cruzó el límite de piedras.

- Manatli... - gimió con sus últimas fuerzas - Manatli vino y lo siguí hasta dondi pude... - Anselmo le acercó un cuenco de agua a la boca - la casa... no la vi... el perro siorinó...ahí y yo... yo mi lo salí corriendo... el perro... hizo muina y yo... corrí...

Anselmo escuchó a Juan hasta que calló y cerró los ojos. Vertió un poco de agua sobre su rostro y nuca y pronunció un rezo ininteligible mientras revisaba su huipil. Sabía que Juan seguiría sus instrucciones sin omitir detalle como lo había hecho incontables ocasiones, arriesgando incluso la vida sin hacer cuestionamiento alguno; la fe que profería a Anselmo nunca conoció condición y el viejo siempre supo aprovecharla: el eterno conflicto con el Señor Tezcatli fue conocido y recorrido a detalle por Juan quien, sin saberlo, fungió siempre como doble mensajero: su mente simple y espíritu limitado no le permitieron distinguir el bien del mal - si es que alguna vez tuvo conciencia alguna de esta dualidad que, de cualquier forma, se amalgamaba - ni mentor de enemigo; Mictlantépetl era su hogar y Anselmo Araujo era su Tata y no necesitó nunca de alguna otra revelación.

No tardó en encontrar lo que buscaba. Imaginó la resequedad de la boca de Juan en el momento de escupir sobre las piedras y concluyó que, de cualquier manera, había sido un trabajo perfecto. Sacó la mano del huipil y lo que vio confirmó sus predicciones: dos brazas ardientes que le quemaron la palma de la mano le hablaron claro acerca de las intenciones de Tezcatli.

El niño mamaba con hambre voraz, devolviendo la vida al cuerpo de Remedios; ella no había salido de su jacal en dos noches envuelta en la felicidad de sostener a un niño vivo, las veladoras regaban su cuerpo de cera alrededor y cuatro pequeñas llamas aún iluminaban el lecho mortuorio convertido en cuna vital. Remedios estaba muy lejos de percatarse que la penumbra primigenia que el niño exhalaba había crecido y ahora llegaba hasta las ruinas del establo y cubría la mitad del cadáver de la vaca que no logró escapar. La gente miraba desde una distancia prudente, temiendo que la vida se les fuera a ir en la cercanía de aquel suceso y murmuraba que el terremoto había abierto una puerta al infierno.

- El dimonio no tiene esa suerte - escucharon decir a Anselmo Araujo, quien se acercaba calle arriba, el perro Manatli a su lado - esto es cosa dihombres.

Caminó por entre los curiosos que se retiraba a su paso. Sin titubeos se acercó a la sombra y se introdujo en ella perdiéndose de la vista de todos. Se detuvo en el umbral y observó a la mujer perdida en la atención del hijo recién recuperado. El número veintiuno.

Hacía mucho tiempo que él y Tezcatli habían acordado crear a Remedios para engendrar a su heredero, y tuvieron que pasar veinte niños por las entrañas de la mujer para que el espíritu de ambos surgiera fuerte y vivo en la carne la mujer.

- Remedios - la llamó - damial niño.

- ¡Mira, Tata, - contestó ella, todavía en el trance de la felicidad - mira, mi niño mama y se mueve! Anoche mi dijo cosas diasté y crioque que quiere quedarse.

- Remedios, ti digo que mi lo des.

La mujer no atendió a la orden del viejo y continuó la relación de los sentimientos del infante con desbordante alegría.

- Si lo va a llamar Jacinto - dijo - como su chozno y asté le va a ensiñar ascribir pa que no sia tan bruto como su madre y luego si lo vaya pa la suidá...

Anselmo se acercó a la mujer que no paraba de hablar y retiró sin resistencia al niño de sus brazos; lo cargó, sacó de su morral las brazas y las depositó entre las veladoras, luego tomó al niño y lo acostó encima. Ancina como lo quieres, Tezcatli, pensó. Cuando los trapos se consumieron y las brazas alcanzaron la piel de su espalda, el niño emitió un chillido que recorrió Mictlantépetl hasta el mismo Círculo Santo, donde Juan despertó santiguándose. Remedios gritó al percatarse de lo que sucedía y se llevó las manos a la cara. Anselmo escuchó al niño proferirle los más terribles insultos mientras una luz que se revelaría intensa se acercaba por la puerta; el perro Manatli gruñó ferozmente con el espinazo erizado y los ojos inyectados. Cuando la luz cruzó el umbral Remedios dio un último grito y se desvaneció; Anselmo dio vuelta y en la penumbra luminosa miró al Señor Tezcatli.

- Manatli - dijo Tezcatli con voz serena - ancina que da gusto mirarte de nuevo.

El perro ladró desaforado y fue a refugiarse tras las piernas de Anselmo. El anciano miró fijamente al Señor y sintió una alegría tan grande que tuvo ganas de reír.

- También es inorme el gusto de verte, Anselmo - continuó Tezactli -. Tanto tiempo ha pasado que hasta los buhos me disconocen, ya ni hablar del Perro Manatli. Desde que se jue contigo es lo único quistraño di a deveras, pero sé es güena compañía y no ti lo voy a quitar.

- Ancina que no puedes - contestó Anselmo - no le aunque lo queras.

El Señor Tezcatli miró al niño. Había callado su llanto y ahora miraba insistentemente al recién llegado con ojos penetrantes.

- Allí lo tienes - dijo el Señor Tezcatli - dispués de tanto pecado lo tienes, y es tuyo - volteó la mirada hasta encontrar la del anciano - y ancina que es macho. Remedios si lo portó harto bien y no ti lo podría riprochar menos: la niña que era cuando la hicimos si nos ha hecho mujer, aunque por las tumbas no crioque la haya pasado bien.

- No la pasó bien - confirmó Anselmo -, ni ella ni nadie, Tezcatli. Sabes bien que el corazón que trais en la mano jue dificil de sacar, y mientras tanto la pobre niña encargaba y encargaba; juistes tú quien quizo que Remedios no dejara de estar cargada cuando lo que había quihacer era esperar a que el perro abriera el pecho. Así que las tumbas de esos escuincles son todas tuyas.

El hombre rió un poco y jugó con el corazón es su mano, provocando un exótico juego de sombras en las paredes.

- Ancina - asintió - ancina que sí, ricuerdo a cada uno de ellos. Todos se jueron rápido; crioque los has visto ahi de vez en cuando, penando en tu pueblo, Anselmo Araujo.

Anselmo recordó las incontables veces que la gente de Mictlantépetl acudió a él para pedirle consuelo después de haber visto espíritus en sus calles y casas, Remedios más que nadie. Si ellos supieran, pensó, que las apariciones eran tan sólo una pequeña parte de las almas que anidaban en el pueblo, se habrían ido hace mucho tiempo.

- Los que penan son como las paredes deste pueblo - aclaró el anciano - y así como las plantas crecen y dan similla, así ti lo vas a acostumbrar a verlos y ha hablar con ellos.

El Señor Tezcatli sonrió al escuchar las palabras de Anselmo; había deseado este momento desde hacía tanto tiempo que se permitió sentir algo parecido a la felicidad: ahora él sería el Señor de Mictlantépetl y regiría los destinos de su gente. Pero lo que más le complacía era poseer lo que sostenía en la mano y que ya era suyo por derecho propio: el corazóndel perro Manatli.

- Así pues - dijo con una sonrisa nueva - el ciclo siha cumplido.

- Ancina - contestó Anselmo -. Diaqui pal rial tu ti quedas aquí para sirvir al día y sus criaturas; ahora eres la luz que estos diajuera seguirán: ahora eres el Tata.

El anciano tomó al niño en brazos y su figura se ensombreció bajo el manto oscuro que éste producía. Se acercó al Señor de Mictlantépetl y dio punto final a su travesía de años con un abrazo que incluyó a la criatura y al corazón luminoso; la luz se mezcló con la penumbra y el perro Manatli fue el único testigo de la amalgama que sucedió a esta unión; fue como si la luz se solidificara en cientos de esferas dentro de un lago de aguas tenebrosas y nadara alrededor de ellos como un cardumen luminiscente. El fenómeno duró apenas unos segundos y se desvaneció cuando Anselmo rompió el contacto y se encaminó hacia el exterior envuelto de nuevo por la oscuridad del niño. El Señor Tezcatli se quedó de pie, iluminado más que nunca por la luz cordial en su mano y con gran ahínco se dispuso a iniciar su señorío terrenal.

Anselmo pasó el tumulto de gente que lo desconoció y llegó al Círculo Santo. Tomó el cuenco con que le dio de beber a Juan, lo acercó a la boca del niño y pronunció una oración diferente, nueva y más hermosa. El perro Manatli le siguió de cerca cuando abandonó por última vez el límite de rocas y ambos se encaminaron hacia el oriente a tomar posesión de sus nuevos dominios, los de la soledad y la oscuridad. Ahi sirás Señor, profetizó al niño, y ti lo harás poderoso; y en cuanto el tiempo lo disponga, tomarás el corazón del perro y si lo divolverás para que le vuelva a latir en el pecho y la luz de que nacistes regrese a ti. Ancina que así será.

Manatli no quiso voltear hasta muy entrada la noche. Pero cuando lo hizo, el corazón que ya no era de él le lanzó un último destello fugaz entre los cerros y se perdió en la distancia. La tristeza que sintió fue pronto apaciguada cuando alzó la mirada hacia la bóveda celeste y descubrió una vez más que todos los corazones que le habían sido arrancados durante su larga vida titilaban iluminando su camino hacia la Tierra ubicada en el medio de ninguna parte y de todas.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 09/Ene/04