Sofía

Miriam Mabel Martínez

A Sofía le perturba mi lascivia. Resume mi agitación, mis erecciones y caricias en actos reflejos masculinos. Ignora que he domado mis instintos; más que ante el taco, respondo a lo visible. Soy un observador, me conduzco a través de la vista. Más que lamerle el coño, me gusta ver cómo contrae las piernas; más que apretar sus nalgas, me enciende el volumen que adquieren cuando está excitada.

Siempre he creído que el cuerpo es una respuesta a las "estrategias" de sobrevivencia, las cuales varían respecto a la edad, cultura y vocación. Se trata de enlazar pensamiento y acción, para así se transformar cada movimiento y se amolda a las expectativas del observador (en este caso yo, por supuesto). Ideas corporales. La perfección depende de la mirada y de la historia que se impone para inventar lo visto. Soy un obsesivo de la contemplación.

Estoy convencido de que el mundo entra por los ojos. Mi única y vital actividad es observar. La mirada es la salvación. No importa si lo visible es cierto o no; tampoco se trata de belleza o fealdad. Lo imprescindible son las pautas teóricas que subyacen debajo de la realidad y que envuelven las situaciones. Afortunadamente la mirada está fincada en conceptos más que en imágenes, cada quien ve lo que puede ver... Y yo quiero ver qué existe debajo de la piel de Sofía.

Ella me cree un pervertido. No puedo ser de otra forma, gozo razonando lo que observo, me seduce deformar, deconstruir, recrear, inventar lo visible. No es vanidad: me encanta manipular con la mente lo que ya de por sí está saturado de interpretaciones. No soy el único ni el primero. Antes me sospechaba heredero de San Agustín; ahora, sé que lo soy. El juicio de los sentidos es necesario pero el sentido de la razón es primordial. No pretendo ser original, sólo ver desde mi perspectiva. Aportar mi realidad a la avalancha de las ya palpitantes (existen tantas realidades como individuos). Quiero alimentar mi realidad, hurgar en cuerpos femeninos los restos de mi historia... de la historia. La belleza física es el caparazón que cubre los movimientos internos, los relatos que cargan y que se acomodan en sus caderas, que se ciñen a sus cinturas y que se desbordan en sus senos.

Soy un observador precavido. Cuido que factores externos no intervengan en mi apreciación, me basta con los ruidos internos, con las traiciones de la memoria.

Mientras escribo estas líneas, dibujo en las orillas de las hojas las piernas de Sofía y recuerdo una enseñanza materna (la que deduzco intencional): el cuerpo es una entidad con historia. Mamá estaba en lo cierto, pese a la ironía de mi padre ("estás loca, lo dices para justificar tu gordura; lo único que guarda el cuerpo es la grasa"). Desde aquel entonces, esas palabras han estado golpeando mi nostalgia, la cual aprendí de niño, intuía la presencia; sin embargo, la certidumbre se me escapaba. La sensación de pérdida me ha conducido a la búsqueda del origen de mi añoranza. Mi primera tarea consistió en reconocer mis capacidades corporales; así entendí aquellas palabras; ahora son eje de mi pensamiento. Uno de los primeros cuerpos que me impactó fue el de mi madre, y no por la obvia cercanía, sino porque su robustez me ayudó a comprender el significado de la fortaleza. Mi madre era exuberante y una de las mujeres más eróticas (junto con todos sus kilos) que he visto.

Me gustan los cuerpos redondos y sanos, desconfío de los delgados; sus figuras niegan su pasado, son renuentes a la historia; en cambio los gordos se han robado el mundo. La fuerza física de mi madre me reconfortaba, esa torpeza de gestos que durante la adolescencia sufrí y que por años renegué, hoy la recupero en Sofía. Las dos son grandotas, robustas.

El cuerpo de Sofía es fuerte y vulnerable. Tiene las caderas bien puestas y el andar ligero. Me fascina su vientre desbordado y sus muslos juguetones. Desde la cima de sus pezones, disfruto el paisaje de su cuerpo: valles, senderos, recovecos, playas, desiertos, selvas. Huele a azafrán (mi madre decía que el azafrán provoca calentura). Su olor delata sus pasiones. Las arrugas que marcan el derredor de sus ojos contienen historias que niega más por coqueteo que por pudor. Su sonrisa en una invitación a recorrerla. Me seduce su forma, sin vergüenzas, de exhibir tanto sus victorias como sus derrotas. Su cuerpo es memoria, no tiene espacio para el olvido (eso espero). En ella, el tiempo no sucede como en la mayoría de las personas, los años no se apilan, simplemente son el registro de la convergencia de los tiempos. No existe la linealidad, las narraciones tatuadas en su cuerpo no son relatos hacia delante, se dirigen a los cuatro puntos cardinales; unos empezarán mañana, otros más comenzaron ayer.... Así sucede en las ciudades donde las arquitecturas se mezclan y la gente cuenta lo que ya no existe, y se inventa ciudades que duermen debajo de la urbe que transitamos. Calles enclavadas en otras calles; épocas en rostros, gestos en vestidos sólo para reiterar que no vivimos por obligación el mismo día, mucho menos en mismo instante ni el mismo lugar.

La certeza de caminar otros tiempos, me impulsa a recorrer barrios que adivino continuación de los mitos infantiles, a buscar en las esquinas nuevas rutas... a exigirme el trazo de un cuerpo que recopila metros cuadrados de siglos.

Sofía me cuestiona las dimensiones espaciales del cuerpo, me enfrenta a una problemática visual, me invita a construir una ciudad y una sintaxis capaz de estructurar la gramática de la memoria y a descubrir las posibilidades arquitectónicas de unos muslos, de un torso integrando ciudad y curvas. Con Sofía he aprendido que los movimientos corporales son los trazos de una ciudad. Quiero tocarla para entenderla. Le hago el amor con lujuria para después experimentar sus posibilidades plásticas y urbanas. La abrazo y escucho la agitación de una ciudad. Conglomeraciones, espacios vacíos, cuerpos y planos. Huesos y vías de trenes. Venas y calles. Cruces e intestinos. Puentes y arterias.

Disfruto su desnudez como si fuera un paisaje. Mis pupilas revientan ante el horizonte que plantea su talle, su cuello, sus pies. No comprendo qué es más fuerte si el deseo por penetrarla o por mirarla.

En la calle me sorprendo oliendo sus humores, tropezando con su vientre abultado: Sofía es mi metrópoli. Deambulo la caótica planeación de su cuerpo, me pierdo en sus barrios, gozo su imperfección que reconstruyo con la mirada. Las mujeres perfectas me agobian tanto como las ciudades planeadas me enervan, ambas delatan una ingenuidad pretenciosa que oculta defectos. Mi madre decía que cada quien envejece como se merece, las siluetas espigadas son mentirosas quizá más que las ciudades sumamente modernas, para mí son maniquíes y maquetas preciosistas infuncionales que molestan a simple vista, porque su belleza raya en la grosería. El cuerpo de Sofía es hermoso, existe para que yo lo observe.

Diariamente descubro una región nueva en su territorio corporal. Me excita demasiado, la acaricio, la muerdo... La necesidad por transgredir e inventar fronteras para cruzarlas una y otra vez me gana. La miro desnuda y no me queda más que replantearme los significados de adentro-afuera, abajo-arriba, aquí-allá.

El deleite que me provocan estos hallazgos me obligan a ser un mejor amante, pero también surge el deseo de contenerla. La contemplación empieza a ser insuficiente, necesito aprehenderla. Mientras delineo en mi imaginación sus ingles, la sospecha de su naturaleza sinuosa me aturde. La añoro. Sofía también me ha develado otras posibilidades de la masturbación.

Empiezo a reconocer las arterias de Sofía. Los instintos me guían. Persigo su olor. En su piel, los sentidos se integran en una misma sensación; escucho rumores al tocarla; la textura de sus hombros descifran imaginerías... El sabor salado me provoca añoranza.

Recostado sobre su vientre cierro los ojos y regreso a la infancia. Enfoco las escaleras de la casa de la abuela, el color de los libreros del abuelo, los pasos arrastrados de la nana, el cuello tieso de las camisas de mi padre, el jardín... pero al asomarme por la ventana desconozco el paisaje, ni los colores ni los volúmenes coinciden con mis recuerdos. Me asumo un intruso. Abro los ojos, poco a poco regreso al cuerpo de mi amante: a mi nueva residencia, el único sitio en donde encuentro reposo. Le aprieto las nalgas y rezo en su santuario. Entonces, sólo hasta entonces, entiendo lo que es la fe.

No soy agnóstico ni creyente, mucho menos ateo, o tal vez sí y las imágenes recopiladas durante años me han persuadido. No tengo motivos para creer o para no creer. En las carnes de Sofía acontece el génesis. Ahí está el principio. Tampoco confío en los milagros o en las apariciones, en la adoración de los santos; sin embargo, me atrae el brillo del aura que abraza su silueta.

Su pubis es un altar; el vientre, un atrio; su sexo, el ofertorio. En el instante en que mi lengua roza el clítoris me gustaría creer en Dios. En el momento en el cual mi miembro se pierde en su boca, comprendo el oblicuidad: estoy ahí sintiendo que Sofía es todas las mujeres. Cuando la penetro, escucho el movimiento interno, los pasos de los feligreses que acuden a misa, que la veneras. Ellos, al igual que yo somos adoradores de la tierra.

Desde que la conozco, necesito tenerla cerca, verla. Tengo urgencia de tocarla, la quiero en mi cama, en mis ojos, encima de mí. No quiero que nadie conozca la ciudad donde radico. Nadie puede vivir ahí.

Sofía es exigente, vanidosa y caprichosa (defectos que comparte con el resto de la población femenina), pero son cuestiones a las que, me he enfrentado desde niño. Es hermosa. Constantemente me reclama mi indiferencia, dice que sólo me la cojo y tiene razón, no la escucho, para qué, su cuerpo es su mejor narración. No requiero saber cuál es su color favorito, si prefiere las fibras naturales, si odia pintarse las uñas o le preocupan las canas o si le molesta si fumo. No quiero escuchar ni sus piropos ni sus reclamos, sólo quiero hacerle el amor e imaginarla. A ella tampoco le interesa saber de mí, le basta mi lascivia. Se reconoce Sofía en mi mirada.

Antes de dormir, me cuenta anécdotas familiares; mientras habla, planeo la edificación de mi Sofía sobre los cimientos de una población antigua. Trazo con los ojos una metrópoli con rascacielos, monumentos, conjuntos habitacionales, estadios y una gran catedral; distribuyo amplias avenidas en sus brazos y un circuito sobre la espina dorsal que comunica la cabeza con la pelvis. Instalo mercados, quioscos, casas y barrios de acuerdo a sus narraciones. Hago y deshago hasta quedarme dormido.

Sofía se expande fuera de la cama, se desborda ante mi desconcierto. Rompe fronteras, invade mi cuerpo. Cuando me abraza, sus brazos fincan aldeas en mi espalda.

A veces pienso en esos otros continentes, países y océanos que existen más allá de sus proporciones, pero pronto me percato de que esos territorios son desiertos, que lo único importante en la geografía es su cuerpo. Sofía no habita la misma ciudad que deambula, ella es su propia urbe. Soy el primer poblador. Sus amantes anteriores fueron tan sólo unos viajeros, unos ciegos incapaces de intuir la urbe. Ella guarda en las caderas siglos de memorias y en el vientre la historia del mundo. Mi Sofía posee el tiempo de las civilizaciones.

Me pregunto si existen otras mujeres así. En ocasiones pienso en ellas y las busco en las calles sin encontrarlas. No sé dónde están. Camino durante horas sin reconocerlas.. Regreso a Sofía.

Intento dibujarla sin conseguirlo. Ignoro cómo abordar su volumen, como aprehender sus dimensiones, la gramática de su cuerpo y la ligereza con la que cruza mis fronteras.

Mi estudio está lleno de bocetos, aproximaciones a la esencia de su estructura ósea. Necesito analizar fragmentos y miembros, arterias y nervios. Dibujo la entrepierna y en el cuaderno, el olor a su sexo pauta los claroscuros. Realizo otro acercamiento, trazo la cintura y no puedo la imagen boca lamiéndome, evocan la presencia de mis dedos explorando su pubis en plena tormenta.

Me angustia que el día que deje de imaginarla, desaparezca. Me asusta que alguien más descubra mi ciudad. Me aterra que me exilie en castigo por mi desobediencia, por descubrir su secreto. Sin embargo, cuando la observo siento la obligación de trazarla en la memoria con las dimensiones exactas para así edificar la gran ciudad. Estoy seguro que cuando lo consiga, una civilización rondará de su cabeza a sus pies.

Mi nomadismo ha llegado a su fin. Las andanzas se un cuerpo a otro me han hecho añorar la clama. Estoy cansado. Quiero asentarme en tierras fértiles dispuestas a mis instintos. Observo a Sofía dormir, mi lengua viaja del omóplato al peroné, del radio al frontal. Mis dedos exploran sus cavidades, ella gime. Muerdo sus pezones e imagino el gesto de los hombres del futuro cuando lean acerca de la historia de una ciudad llamada Sofía que pobló un tal Joel.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/Ago/03