Paseo en coche por las cañadas

José T Espinosa-Jácome

-¡Figúrate mana que fuimos Dalila, la Güera y yo, a la cantina El Escorial!

-¿Cuál Güera?.

-Ah... una morocha que tú no conoces. Trabaja en la casa de citas de Maripaco. Pero decía que no le convenía, que no le pagaban nada, y nada más la tenían sirviendo por las propinas; pero como no es cantina, y los elementos que llegan ahí nada más van de pasada, no saca ni para comer; y me pidió que la ayudara con Jamsa para que le diera trabajo... como te iba diciendo, que nos metemos al Escorial. Iba distraida queriendo curarme el guayabo, y nos fuimos a la barra donde estaba el novio de Dalila y un señor que leía el periódico, sentado con un tarro y una Cerverior al lado, que me saluda:

-Eva, ¿cómo estás? -De momento no lo reconocí, lo ví y no le hice caso. Pero luego, ¡que me voy acordando! y, cuando no me veía, procuraba asegurarme de que él era. En eso, que decido a decirle a las muchachas:

-Vénganse, vamos a sentarnos con mi esposo. -Y él, que nos invita a tomar. Es muy buena onda. Enseguida una se siente como si ya nos conociéramos de toda la vida. Luego el Chapeado, (así le digo al cantinero), que le trae una guitarra, y parecía artista de televisión, con decirte que Dalila se puso a llorar cuando decía cantando que borracho había nacido y que borracho había vivido, y que qué culpa teníamos nosotras de que nos gustara el vino. Y se le quedaba viendo con unos ojos de borrega a medio morir; pero a mí no me importaba porque él sólo tenía atenciones para mí, sin ser grosero con las muchachas. Reía porque el Chapeado le preguntaba a Dalila que qué deseaba, y ella con sus ojotes rojísimos por la cruda que se traía le preguntaba sonriente:

-¿Tú qué crees?. -Y el Chapeado, que ya sabes cómo es de penoso, se ponía más colorado que un pájaro cardenal...

Eusebio se hallaba encantado con la compañía. Eva traía un dogal rojo, y una falda negra estampada con flores anaranjadas y rojas que, alargadas, apenas se distinguían en un fondo oscuro que predominaba. La joven era en apariencia tranquila, y le pedía canciones permaneciendo atenta. No denotaba impaciencia por sobresalir; era receptiva, inteligente, con un original sentido del humor, y hablaba cuando tenía que hacerlo, yendo al grano. Le hizo cantar varias veces Till there was you, que se acompañaba como bolero, pero con los acordes rítmicos y melodiosos con que se hiciera famosa interpretada por Los Bicles. La chica decía llena de contento:

-No le entiendo un carajo, pero me gusta. No se por qué. -Y Eusebio les tradujo la canción a las chicas mientras Eva hacía uso a discreción de los maravedíes que el hombre tenía junto a su tarro de cerveza, y los repartía entre indizuelos que vendían chicles, pordioseros, y copas para las amigas. El novio de Dalila, un joven profesor de educación física, con otro amigo, vino a hacerles compañía. Dalila discutía y lloraba mientras su enamorado le daba consejos. Estaban enamorados y desde siempre se les veía ensimismados, fuera del mundo que les rodeaba. El otro amigo conversaba con la Güera. A pesar de los ruegos de Eva, Eusebio se levantó: debía hacer una llamada de larga distancia, y aseguró volver aunque la joven parecía no creer en sus promesas.

-El teléfono está a media cuadra, y acaban de abrir el establecimiento, no me tardo. -Dijo, y atravesó la persiana para ir a dar a la calle. Había quedado con la madre de sus hijos en que llamaría aquél martes del mes de julio a las cuatro de la tarde. Los chicos deseaban pasar unos días en Sotavento. El quería enterarse de la hora del vuelo para ir a recogerlos a Nueva Vetusta. No había podido llamar cuando había prometido porque las líneas marcaban ocupado, pero por fortuna Eva Krammer (ese era el nuevo nombre de casada de su antigua esposa) era organizada, y llevaba los asuntos familiares con eficacia... Eva Krammer, recordó mientras caminaba... Pensó que debía volver a revisar el sueño que apuntara dos meses atrás, sobre su antigua esposa... ¡Claro! -se dijo- ¡Ahora entendía la oración clave que lo había desconcertado durante varios días sin saber qué diantres quería decir!: Me dice que él toma Evacrama.... (?) Evacrama sonaba como en alemán Eva Krammer. El sueño en realidad le estaba indicando que lo que necesitaba era otra mujer para aliviarse de la soledad, otra Eva Krammer... y por casualidad, (¿de veras?), había conocido a Eva... humm... pensó con ironía: ¡Vaya suertecita que me cargo!... Y llegó optimista a pedir la conferencia telefónica a Hannover, riendo al observar que sus nuevas amigas estaban hang over (crudas) ... No había problema; como lo esperaba: su hija mayor y Eva, tenían todo preparado: Harían escala en Londres, Nueva York, Ciudad de las Pirámides, para llegar a Nueva Vetusta el lunes al crepúsculo. Cuando volvía al Escorial, al atravesar la calle, se encontró conque Dalila corría apresurada tras el profesor, hacia el automovil rojo de éste. Al final del grupo, cuando estaba por entrar de nuevo a la cantina se encontró con Eva quien le dijo:

-Vamos al Porvenir. -Y recapacitó, para pedirle al profesor: -¿Puede ir con nosotros?... Sí, vente. -Y se lo llevó del brazo. El auto era compacto, japonés, y Eva se acomodó en las piernas de Eusebio. Durante el viaje la escucharía hablar. Sobre todo porque él no tenía nada que decir. A los quince minutos, en camino de la Lombardía, se arrepentiría de haber aceptado la invitación. El profesor manejaba como si acabara de asaltar un banco, y la carretera serpentuosa hacía que los pasajeros se movieran de un lado a otro. Estaba un poco embriagado pero se puso nervioso; por momentos llegó a pensar que ahí se acabarían todas sus preocupaciones. Le pidió a Eva que le recomendara al conductor más precaución.

-No hay tos, no te preocupes. Maneja muy bien. Hemos salido varias veces con él y nunca nos ha pasado nada. -Eusebio no se tranquilizó; y el temor aumentaba al sentir que no era capaz de hacer nada. No obstante notó que, cuando Dalila le requería un beso al chofer, éste disminuía la velocidad, conocimiento que procuró tener presente más tarde. La calma volvió cuando cruzaban el poblado de la Lombardía, la colonia de italianos cafetaleros que se había establecido durante el siglo anterior, y que a mediados del siglo XX se había mezclado con los lugareños. Pero otra vez volvieron a precipitarse entre las curvas insinuantes de la carretera, y las muchachas le decían al conductor:

-Vete calmado manito, que nuestro amigo ya tiene un nido en la garganta.

-Sí, sí, ya tiene un nido.. ja, ja,..

-Nudo. -Corrigió el hombre que acompañaba a la Güera.

-Nido. -Insistieron ellas al unísono- Porque se le subieron los huevos con todo y pajarito.

Interrumpió las risas el brusco frenón del auto japonés al evitar el encuentro con un carro conducido por una señora que se había pasado al sentido contrario y, frenando a su vez, se había atravesado a la mitad de la carretera.

-¡Qué vieja tan tonta que no sabe manejar, mejor que se quede en casa! -Dijeron todas.

-A mí no me pasa nada. -Aseveró Eva- Si se volteara el carro, se podrían morir todos ustedes, y a mí no me pasaría ni un rasguño, -Decía entusiasmada-, porque me protege la Santísima Muerte. -A las amigas, que escuchaban atentas, se les desorbitaron los ojos- Todas las noches le rezo y nunca se olvida de mí. Por eso tengo trabajo siempre. Hay noches en que me puedo ganar hasta trescientos maravedíes, mientras que otras chicas sufren sin sacar la comisión de una cerveza siquiera. Ya ves Dalila, ¿te acuerdas que Jamsa me llamó la atención? Me dijo que no me embriagara tanto, que por qué lo hacía. Yo le hice ver que me aburría, que no tenía nada que hacer durante el día, y me dijo que me iba a comprar un televisor, y que se lo podría ir pagando poco a poco. En dos semanas se lo liquidé. Y todo porque la Santísima Muerte me ayuda. -Luego se quedó pensativa, y cambió de tema preguntando al conductor:

-Oye manito, ¿Y no te va a regañar tu mujer por andar paseándonos? -El hombre mordiendo con mayor agresividad la goma de mascar volteó veloz hacia la izquierda escupiendo el chicle, y con firmeza y placidez, respondió:

-En mi casa mando yo.

Había coincidido el atrancón de los frenos automovilísticos con la última curva sinuosa, y el comienzo de las rectas en la carretera hizo suponer a Eusebio una elevación de la aguja del velocímetro, por lo que pidió a Dalila que se pusiera romántica. La pícara, sonriendo, empezó a besar al profesor. Eva y Eusebio cachondeaban. Ella lo besaba con mucha familiaridad, como si de veras se conocieran desde hacía mucho tiempo, o como si Eusebio le gustara mucho. El se hallaba atraído de manera asaz por la belleza de la chica. Su cuerpo era delgado pero bien proporcionado. Es su juventud. -Se dijo- ¿Qué aeróbica puede hacer tomando todos los días? Bueno: baila mucho todas las noches. Con el brazo derecho le abrazaba el costado apoyando su mano en el respaldo del asiento delantero, y con la mano izquierda la tomaba de la cintura. Le enamoraba tanto que se atrevió a acariciarle el bajo vientre sobre la falda. La chica se le quedó mirando, lo besó apasionada, y le dijo de frente a susurros haciendo el bizco:

-Cuando estemos en el hotel me podrás hacer todo lo que quieras.

Después de atravesar cañaverales, trapiches y cafetales, descendieron al viejo puente de piedra que alguna vez fuera planeado para comunicar, por medio del ferrocarril, a la Lombardía con el pueblucho de Paredón; el proyecto que nunca se llevaría a cabo, dejando como recuerdo el armazón que a mediados de siglo vendría a servir para la carretera. Allí, en la cuneta, estacionaron el auto. Había una parada de autobús. Eusebio pensaba en zafarse de la aventura a la primera oportunidad. Veía que Dalila y Eva eran como las cabras, siempre jalando para el monte, y cada una por su lado. Nunca se iban a poner de acuerdo.

Dalila quería ir a la orilla del río, que por ser tiempo de lluvias, (aunque hacía sol, y no llovía), el cauce se mostraba rezumado, con el agua revuelta, las orillas rebasadas más allá de lo normal, y con el caudal más veloz que de costumbre; de seguro porque leguas arriba, en la Sierra, estaba lloviendo a raudales. Eusebio conocía el río. Había cabalgado de adolescente a través de aquellas hondonadas. Le resultaban familiares las crecientes, y sabía cuándo podía confiar, y cuándo, no.

-Vamos a la orilla. Vamos a nadar. -Sugería Dalila de la mano de su amante, y recostada en su hombro.

-No. -Dijo Eusebio- El río es muy peligroso. Aunque no llueva está recogiendo agua de la Sierra de la Canica, y en cualquier momento puede rebasar grandes alturas.

-No pasa nada, no sean miedosos. -Replicó. Y se fueron. Ana empezó a quejarse sobre los caprichos de Dalila, y Eusebio se encaminó al estanquillo solitario incrustado en una casa de tabla y láminas de cartón, donde suponía encontrar bebidas pues ostentaba publicidad de Cerverior y de Sofritos. A los pocos minutos volvió con cervezas. No estaba a disgusto, pero no deseaba estar allí. Para no hacerles el cuento más largo fue un viaje muy disparatado. La Güera y el amigo conversaban de intimidades, tranquilos, en la baranda. Eva se había desatado hablando, como si de repente se le hubiera subido el alcóhol, y le dio por ir a hacer sus necesidades al lado opuesto de donde había bajado la otra pareja. Le ordenaba a Eusebio que estuviera pendiente pero que no la espiara. Había querido que él también bajara pero Eusebio se negó.

-No me veas, -le decía.

-No te veo.

-¡Sí! ¡Que me estás viendo! -Le gritaba bajo las ramas de los chalagüites- Desde aquí te estoy mirando.

-No te veo. -Le respondió Eusebio- Pero el hombre que está al otro lado del río, a tus espaldas, sí que te está viendo. -Y se quedó callada. Eusebio intuyó que la noticia le había sorprendido. Era un pescador de langostinos que se calzaba los huaraches y acomodaba triques en su morral. Inclinado; de su cabeza sólo se distinguía el sombrero de palma. Cuando la muchacha estuvo de regreso aprovecharon un taxi que, casual, pasaba por ahí; y se fueron a Paredón abandonando a Dalila con su novio. Al encumbrar al cruce llamado Cuatro Caminos, tomaron rumbo hacia abajo, al este, dejando atrás el pavimento que iba a dar al Central El Porvenir. En un principio había deseado ir hacia arriba para investigar las condiciones en que se encontraba una propiedad que le había heredado su madre, pero como Eva se mostrara caprichosa, prefirió salir hacia Paredón; así, si las cosas no salían bien, podría ir a La Candelaria y pasar la noche en el hotel, lo que resultaba preferible dado que le quedaba más cerca de Neblinoso. Así que partieron hacia donde el calor se sentía más anaranjado. Anduvieron vagando. En Paredón fueron a parar a la palapa de una amiga de Eusebio, de su adolescencia; la cantina de Bernarda, la madame, era el lugar favorito del coronel retirado, don Eduardo Fagoaga, quien se dedicaba a la cría de ganado M1, y era su buen amigo. Ahí notó por primera vez un rasgo del carácter de Ana que de momento pasó desapercibido. Habían pedido unas cervezas y preguntó:

-¿Quién desea comer? -La Güera se apuntó de inmediato; el amigo dijo que no, Eva tampoco, y él no quiso. Casi se le había acabado el dinero, aunque tenía hambre. La única que comió fue la Güera, y Eva empezó a ponerse más caprichosa. Lo llevó a una tienda de al lado y le hizo que comprar unos juguetes para su hija que tenía diez años. Luego se enojó por cualquier cosa, y arrojó los trastes de plástico a la carretera, molesta. De regreso a la fonda Eva comió un poco de la milanesa que había pedido la Güera, y mientras tomaban unas cervezas Eusebio dijo a las muchachas:

-Aquí se pueden venir a trabajar a mediados de marzo que se celebran las fiestas del pueblo. Ahora está muerto, pero en la primavera hay buen negocio. Por momentos, desde el fondo se escuchaba la voz de Bernarda que deseaba conversar con Eusebio.

-Mi hermana tiene cáncer en el pecho. Le acaban de quitar un seno. Mi mamá no sabe. Mi cuñado vendrá de Primoterra dentro de dos semanas.

-Te presento a mi segunda esposa. -Dijo Eusebio tomando de la cintura a la joven.

-Te felicito, -dijo Bernarda-, ya era hora.

Dejaron el lugar con Bernarda molesta porque Eva había expresado que no le gustaba el lugar. No había música. Eran los únicos clientes. En fin. No había en ese lugar nada de interés. Atravesaron un parquecito donde se veían niños jugando que asustados decían:

-¡Quítate, quítate, que ahí vienen los borrachos! -Porque llevaban envases de cerveza en las manos. Había lugareños sentados afuera de sus casas. Reconoció al Charchina, a su hermana y a otros, pero no deseaba hablarles, y menos acompañado de Eva. Se alejaron caminando hacia la salida a Nueva Vetusta, donde esperaba encontrar quien los llevara de vuelta a Neblinoso. El no regresaría con ellos.

-El dinero se acaba. -Le había advertido a Ana. Sabía que no tendría los 150 maravedíes para pagar el auto de alquiler. Ana dijo con una sonrisa:

-¡Ya sé cómo le vamos a hacer!

-¿Sí?

-Tomamos el taxi, y cuando lleguemos a Neblinoso bajamos, y salimos corriendo cada quien por su lado.

-Andale pues. -Dijo Eusebio sonriendo, y luego prosiguió con sorna- como sino me conocieran en toda la región. -Abordaron el coche y Eusebio no los secundó.

-Nos vemos otro día. -Se despidió mientras la Güera y el amigo le pedían prestado para completar el dinero del pasaje. Les dio, y caminó, (mientras Eva sonriente trataba de convencerlo a señas de que subiera al auto), hacia el Hotel Framboyán, donde don Emilio Fagoaga Fuster acostumbraba hospedarse cuando le atrapaba la noche en Soledad de La Candelaria. Días después supo que Eva tendría que llegar a la carrera al Mar Abierto, para pedir prestados los maravedíes y así pagar el auto de alquiler.

Fue peor para los tórtolos que bajaron al río. Perdieron sus ropas mientras hacían el amor en la arena. Les dio primero por meterse al agua y nadar con la ropa puesta. Por fin se dieron cuenta de que, como Eusebio les advirtiera, la corriente era fuerte cuando el río estaba rezumado, y temerosos salieron de las aguas enseguida; pero la ropa toda se les había mojado. Por eso ni tardos ni perezosos se ocultaron en un recodo, al pie de un árbol de mango, atrás de un vegal de buen tamaño, para que nadie los viera; y luego el profesor de primaria extendió las ropas al sol, sobre los pedregales, más a la orilla. En la arena se pusieron a jugar máscara contra cabellera para terminar en el paroxismo del orgasmo comiendo arena. Platicaron largo rato, con intermedios en que la joven le llamaba entre suspiros, -¡mi ternerito!- mientras el hombre se pegaba a sus tetas. Hasta que Dalila se cansó de sentir en su cuerpo los granos de la arena, decidieron que la ropa estaría casi seca por el Sol que hacía, tan quemante, a pesar del declive de la tarde. Se asomaron tras del enorme zacatal de pasto Privilegio para contemplar azorados que la corriente había subido, que el río se había llevado sus ropas, y que la creciente amenazaba con llegar hasta donde se encontraban. Se miraron de frente e irrumpieron en carcajadas. Más tarde encumbrarían hacia el puente a hurtadillas, y corriendo atravesaron la carretera para abordar el automóvil italiano. Por fortuna había dejado las llaves pegadas al arranque. Regresaron a Neblinoso con suma cautela y lentitud. Esperaban que la noche los cobijara para llegar al cabaré. A una cuadra del Mar Abierto se detuvo el carro compacto, de un rojo indefinible entre las sombras. En la oscuridad de la calle esperaron a que pasara alguno de los tantos niños que cual perritos sin dueño, siempre deambulaban por el pueblo:

-Fiiiiuuuu. -Silbó- Hey, tú, chiquillo. -Dijo el profesor.

-¿Qué quería? -Preguntó el chamaco observando hacia adentro del coche con curiosidad.

-No veas. Ve al Mar Abierto, preguntas por Eva y le dices que venga, que la estamos esperando.

Muerta de risa Eva les traería más tarde ropa para que se vistieran. Con Dalila no hubo problema; pero para el panadero fue necesario pedir a una de las inquilinas de mayor estatura, unas bermudas que cubrieran por lo menos las únicas partes que tenía de noble. Aquellos shorts femeninos fueron la causa de que lo corrieran del hogar, porque cuando lo vio su esposa llegar en tales fachas le pidió el divorcio.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 02/Feb/02