De a tres

Carmen Simón

En cuanto Leonor entra al chalet se prepara un trago de ron. Sólo quiere bañarse y dormir. Abre la llave de la tina, para ver atónita, un escuálido hilo de agua que desaparece en un instante. ¡No puede ser! protesta ante nadie, envolviéndose en la toalla para ir a echarle un vistazo al aljibe. Mira y admite muda que cualquier esfuerzo es inútil. Tendrá que esperar al día siguiente para buscar a un fontanero. Bebe entonces el resto del ron, sirviéndose de inmediato otro. Ya en la cama, después de dos o tres cigarros, se queda dormida.

Muy temprano, Leonor consigue en la ciudad que antes del mediodía le manden al plomero. Pero no llegó uno, sino tres. Tiene ahora frente a ella a un tipo recio, moreno, de estatura mediana, con una abundante melena lacia aunque lampiño; detrás de él, un flaco, menudo, de cabello con rizos y algo afeminado, seguido por un regordete de rasgos asiáticos y piel cetrina. Duda en hacerlos pasar y, con rapidez, les revisa la apariencia tratando de encontrar algún motivo de confianza. Sólo puedo reconocer ese triángulo solaz.

En el patio, el hombre moreno abre ruidosamente la caja de herramientas, para dejarla después en el piso. Con la risa en la boca y después de pellizcarle el trasero al flaco, grita: ¡Ándale Rizos! ¡Al tinaco! ¡Y avisa cuando entre l’agua! Y sin más, se echa debajo del lavadero. ¡Dame la estilson cuñado! -le dice al otro-. Ay’stá Negro, le contesta con agudeza mientras le tira la herramienta justo debajo del vientre.

A Leonor sólo le queda disimular porque, al fin y al cabo, el juego les pertenece a ellos; ese su tocarse, de heñirse el cuerpo con fugacidad. Y vienen las carcajadas y los órale Rizos y los ya estuvo Negro y los qué te pasa cuñado y más y más risas en medio de las tuercas, los niples, empaques y grasa. Desde la azotea el Cuñado grita que ya hay agua y el Rizos pizca al Negro justo en el cierre de su pantalón avisándole: ¡Ya estuvo Negro! Éste se levanta, mira descaradamente a Leonor y le dice al Rizos sin reserva: "Ora, a cobrarle a esta vieja questá rebuenota, y tú, mete la herramienta."

Ya Leonor es incapaz de ocultar su ofuscación. Paga al Negro lo que pide y sin resistencia accede a darle algo más "pa’ los chescos güerita." Los acerca a la salida y cierra descansando su espalda en la puerta, para exhalar la turbulencia. Regresa al patio y mira el suelo -ahora vacío- donde jugaban el Negro y el Rizos. Ahí mismo se echa, palpa su cuerpo y estalla en carcajadas recogiendo las sobras de ese humor.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/Ene/01