La cofradía de los perros

Ernesto Murguía

Después de un viaje de catorce horas, Eugenio Maldonado regresó de madrugada a la capital. Llegaba de pasar tres semanas con su hija Yolanda, quien vivía con su marido y sus dos hijos en la ciudad de Monterrey. Saliendo de la estación de autobuses abordó un taxi; treinta minutos después se encontró en la entrada principal de Villas de la Concordia, lugar donde habitaba.

-Hasta aquí llego -dijo el taxista deteniendo el auto y negándose a avanzar más-. A’i dentro ya van dos veces que me asaltan.

Puesto que su edificio se encontraba al fondo del fraccionamiento, para el señor Maldonado esta negativa significaba tener que atravesar a pie los dos kilómetros de calles y andadores del enorme complejo. Molesto, pagó el viaje, tomó sus dos maletas y comenzó a caminar rumbo a su departamento.

Apenas había cruzado el arco de concreto que daba la bienvenida al inmueble cuando notó de reojo que, detrás de unos arbustos, brillando en la oscuridad, varios pares de ojos lo vigilaban.

 

Cuando se inauguró, Villas de la Concordia fue anunciada como la mayor y más moderna unidad habitacional construida hasta entonces. Sus amplias áreas verdes y espaciosos estacionamientos, lo complejo y cuidadoso de su diseño -que entre otros servicios contaba con locales comerciales, lavandería y un pequeño restaurante-, y sobre todo, la capacidad de albergar cómodamente a más de seis mil familias distribuidas a lo largo de los ochenta edificios del conjunto, la hacían, de acuerdo a las palabras de los funcionarios del estado: "una muestra más de lo que el gobierno y el pueblo, unidos, pueden lograr en beneficio del país."

Ahora, unos años más tarde, del esplendor de la unidad no quedaba nada. El enorme número de habitantes se convirtió pronto en el principal problema: la desorganización y apatía de los condóminos, aunadas a la falta de vigilancia y al poco interés de las autoridades -las cuales, una vez cumplido el protocolo se olvidaron del lugar-, provocaron que en poco tiempo los estacionamientos se encontraran saturados, las paredes sucias y pintarrajeadas, el alumbrado inservible, las áreas verdes destruidas y que en general las condiciones del lugar fueran deplorables.

 

Cuando el señor Maldonado se volvió hacia los arbustos, el ligero resplandor había desaparecido. Si se trataba de asaltantes era posible que, como vecino, lo respetaran: "Perro no come perro", había escuchado decir al líder de una de las muchas bandas que se reunían a beber cerveza afuera del restaurante. Sin embargo...

Apuró el paso. Se desvió de la calle principal y pasó entre un par de condominios. Para acortar el camino torció a la derecha y siguió un largo andador que cruzaba por en medio de uno de los edificios más grandes de la unidad. Ya dentro, una de las maletas comenzó a resbalársele, por lo que se vio obligado a detenerse un momento. Mientras tomaba un poco de aire le pareció ver que varias sombras lo observaban desde la entrada del andador.

 

Aunque al señor Maldonado le entristecía y molestaba la forma en que la unidad se iba degradando poco a poco, más que los asaltos y el robo de autopartes, la venta de drogas o las constantes riñas entre los vecinos, lo que más detestaba de la urbanización eran los malditos perros.

Nadie podía explicar con certeza cómo había empezado todo. A pesar de que el reglamento era terminante: PROHIBIDO TENER ANIMALES EN LOS DEPARTAMENTOS, al tiempo que la decadencia del inmueble se fue acentuando comenzaron a surgir también las primeras mascotas: un inofensivo chihuahueño por aquí, un pequeño maltés por acá. Aunque al principio hubo quejas, conforme pasó el tiempo los perros fueron ganando terreno hasta convertirse en parte normal del paisaje. El señor Maldonado contemplaba con furia cómo los propietarios de esas bestias inmundas sonreían entre ellos orgullosamente, igual que si formaran parte de una alguna cofradía secreta, mientras sus animales ensuciaban y destruían lo poco bueno que quedaba del lugar.

-La peor es la vecina de junto -le había dicho a su hija tan sólo un par de semanas antes mientras cenaban-. ¡Tiene como siete perros! Se mean por todos lados, se cagan donde sea. ¡Todo el piso apesta a zoológico! Además, por si fuera poco, los ladridos, carajo... ¡los ladridos! Desde tempranito empiezan su serenata y no paran en todo el día.

Yolanda lo miró preocupada. Debido al trabajo de su esposo ella había tenido que mudarse a vivir a Monterrey, y desde la muerte de su madre se sentía culpable por haber dejado a su padre solo. Aunque se lo había propuesto varias veces, éste se había negado a vivir con ellos. Ella pensaba que él era demasiado necio y obstinado; en realidad, la razón principal de que rechazara su oferta era porque, por más doloroso que le resultara, permanecer en la unidad le parecía la única manera de mantenerse fiel a sus recuerdos.

Ignorante de esto, Yolanda volvió a sentir como su cabeza se llenaba de dudas y recriminaciones. Al ver el semblante apenado de su hija, el señor Maldonado comprendió que lo único que estaba logrando con sus quejas era preocuparla.

-Bueno, en fin -dijo tratando de sonar animado-. Fuera de eso, las cosas no andan tan mal. Por cierto, ¿ya te dije que te manda a saludar una de tus amigas de la escuela?... ¿Cómo se llama...?

La plática siguió y no volvió a tocar el tema.

 

Eugenio Maldonado estaba por cumplir sesenta y dos años, de los cuales treinta y siete había sido maestro de primaria. En su juventud también había practicado el atletismo. Competía con frecuencia en las carreras que organizaba el sindicato. Allí conoció a Alicia, la que sería su esposa.

Vivía en el departamento número 203 del edificio Cedros desde hacía seis años, cuando deslumbrado por la promesa de una vida mejor, juntó sus ahorros y el dinero obtenido por la venta de su anterior departamento y se mudó con su mujer a Villas de la Concordia. Sin embargo fue muy poco el tiempo que disfrutó de su nuevo hogar: unos cuantos meses después, su esposa regresaba de desayunar con una amiga cuando, en un accidente, un taxi salió disparado contra la banqueta, directamente hacia ella. La muerte fue instantánea.

-Al menos Alicia, no viste el basurero en que se convirtió la unidad-, murmuraba a veces el señor Maldonado sin darse cuenta, dirigiéndose al asiento vacío que durante tantos años ocupara su mujer en el viejo Dart K. En otra época, cada verano organizaban juntos un viaje por carretera en el cual recorrían distintas partes de la República. Ahora, aunque ya casi nunca tenía necesidad de conducir, el señor Maldonado se negaba a vender el auto, contentándose con salir todos los días, sentarse en el asiento del piloto, encender el motor durante algunos minutos y, mientras éste se calentaba, evocar con nostalgia los buenos tiempos.

 

-¿Quién está ahí? -preguntó el señor Maldonado, armándose de valor. Sabía bien que si alguien decidía atacarlo a medio pasillo, no tendría ninguna oportunidad. Y en realidad no pensaba que en caso de ser asaltado, independientemente del lugar donde esto ocurriera, podría hacer algo más que entregar sus pertenencias y rogarle a Dios que no le hicieran daño. Pero meterse a la boca del lobo, cuando sabía que algo extraño estaba pasando, había sido una estupidez.

Cálmate Eugenio, no les demuestres miedo, se dijo al tiempo que tomaba sus cosas y se dirigía hacia el final del pasillo.

Cuando salió esperaba ver a dos o tres tipos armados con navajas y dispuestos a desplumarlo. Pero afuera no había nadie, excepto un perro callejero que lo observaba detenidamente. Aunque para él todos eran iguales, se sorprendió de pronto al reconocer las manchas del animal y suspiró con alivio. El perro comenzó a ladrarle.

-No escarmientas, ¿verdad? -dijo el señor Maldonado y una idea disparatada le vino a la cabeza: Él lo sabe todo, se dijo, pero inmediatamente desechó ese pensamiento-. ¡Sáquese, pinche sarnoso!

El animal permaneció inmóvil. Tratando de mantenerse lo suficientemente alejado para evitar un ataque, el señor Maldonado pasó frente a él y retomó la calle principal. Cuando dio un último vistazo para cerciorarse de que el perro no lo seguía, vio con sorpresa que éste, aunque seguía quieto, ya no se encontraba solo.

 

Uno de los momentos que al señor Maldonado le resultaban más desagradables era salir de su casa y encontrarse a su vecina -cuyo aspecto sucio y marchito le resultaba insoportable- y a sus perros, unas criaturas horribles, sin pelo, con el pellejo brillante y seboso colgando por todos lados.

-Son Xolotzcuintles -le había dicho la mujer al notar el gesto de asco que hizo al verlos por primera vez -, provienen de los aztecas.

El señor Maldonado pasó de largo sin ni siquiera contestarle.

-Deberíamos quejarnos con la Secretaría de Salubridad -le había dicho después a Julio Galindo, uno de sus pocos amigos, mientras bebían un café a las afueras del restaurante. El par de jubilados solía reunirse por las tardes a platicar un rato y de vez en cuando jugar una partida de ajedrez.

-¡O al antirrábico! -agregó Galindo-. ¿Sabías que la otra vez un perro mordió a un niño en el edificio Olmos? -El señor Maldonado negó con la cabeza-. Dicen que tuvieron que llevarlo al hospital. No sé si fue grave, pero...

Además de haber sido maestros de escuela, ambos hombres compartían su aversión a los perros. El tema los ocupaba durante horas, hasta que anochecía. Luego de despedirse, el señor Maldonado regresaba a su departamento, se preparaba una cena ligera e intentaba descansar un rato. Poco tiempo después, su sueño era interrumpido por los ladridos y rasguños en el apartamento contiguo.

El colmo fue cuando una mañana, después de pasar una noche particularmente difícil, salió a encender su viejo Dart K. Recargada en el automóvil se encontraba su vecina, la cual, aparte de sus perros pelones, estaba rodeada de canes callejeros a quienes lanzaba pedazos de pollo crudo.

-¿No cree que ya son demasiados? -dijo mientras caminaba hacia la mujer.

-¿Demasiados qué? -preguntó ella.

-¡Demasiados pinches perros! -gritó él, pateando a uno de los animales que se había acercado a olisquearlo. Éste soltó un gemido y salió corriendo.

-¡¿Qué le pasa, baboso?! -chilló la mujer, dudando si enfrentar al hombre o ir detrás de su mascota.

-Estoy harto de sus cochinas bestias. Si vuelvo a ver que alguno de sus perros anda cerca de mi coche, yo mismo le voy a torcer el pescuezo.

-¡Majadero! -exclamó la anciana, dando finalmente la vuelta en busca de su perro-. ¡Pero ni crea que esto se va a quedar así! -le advirtió antes de alejarse.

 

El señor Maldonado caminaba apuradamente. Su camisa, ya de por sí arrugada y sucia por el viaje, comenzaba a empaparse por el sudor. Marchando al mismo ritmo que él, cuatro o cinco perros lo seguían.

Son tus nervios, se dijo, esas fieras siempre andan juntas, es algo normal. No hay de qué preocuparse.

Sin embargo, había algo en la expresión de los perros -y su mente dudó al sugerir esto, ya que para él esas asquerosas criaturas carecían de cualquier expresión-, que le provocaba no sólo inquietud, sino temor.

Es odio, pensó, justo cuando la jauría comenzó a acercarse.

Asustado, dio vuelta en la esquina que daba a su edificio. No te preocupes, ya falta poco, se dijo, pero su intento de animarse se hizo pedazos al ver que unos metros más adelante, bloqueando la calle, varios perros más le esperaban. No podía creerlo. Cuando los animales se levantaron y comenzaron a caminar hacia él, mostrando amenazadoramente sus colmillos, soltó sus maletas y se echó a correr.

 

Unos días después del altercado con su vecina, el señor Maldonado ya estaba dormido cuando llamaron a su puerta. Se trataba de uno de los vecinos, un recién casado que vivía en el segundo piso.

-¡Su coche, señor, su coche! -dijo el joven.

Se vistió lo más rápido que pudo y bajó al estacionamiento. Varias personas se habían reunido en torno al Dart K, el cual se encontraba envuelto en llamas. Contempló atónito como las flamas devoraban el vehículo, mientras algunos vecinos trataban en vano de apagarlo. Instintivamente volteó hacia la ventana del departamento de su vecina. En el marco, alumbrada por el resplandor del fuego, se recortaba una silueta. Aunque le era imposible asegurarlo, le pareció ver una sonrisa de satisfacción dibujada en los labios de la vieja.

Cuando los bomberos llegaron, el auto ya estaba totalmente estropeado.

 

-¡Me las va a pagar! -farfulló entre dientes, moviendo distraído una de sus piezas-. ¡Esa bruja...!

Galindo meneó la cabeza mientras movía su caballo hacia la casilla que un momento antes había ocupado el alfil de su amigo.

-Pero Eugenio -dijo tratando de calmarlo-. ¿Cómo pudo haber sido ella, si con trabajos puede moverse?

-No estoy diciendo que lo hiciera con sus propias manos. Pero bien pudo haberle pagado a alguno de los vagos que andan por allí. Ella es la única que...

No completó la frase. Ante lo complicada que se le presentaba la partida y su incapacidad para pensar en otra cosa que no fuera la manera de desquitarse, tomó su rey y lo recostó a un lado del tablero.

-Me rindo -dijo-. No puedo concentrarme.

-Pues deberías tranqulizarte y tratar de analizar las cosas con calma. No creo que, por mucho que quiera a sus perros, fuera capaz de hacer una cosa así.

El señor Maldonado recapacitó un instante sobre lo que acababa de decir su amigo. Entonces una idea vino a su mente y tuvo que esforzarse para contener una sonrisa.

 

 

-¡Ayúdenme! -intentó gritar, pero su voz sonó ahogada a causa de sus propios jadeos. Su mente giraba en todas direcciones y sus ideas eran desordenadas y confusas.

De repente, una voz retumbó dentro de su cabeza y escuchó los gritos de su antiguo entrenador, el profesor Herrera, azuzándolo como lo hacía antes de alguna competición:

¡Aquí no se aceptan excusas ni lágrimas! Vas a correr hasta que escupas sangre y luego vas a seguir corriendo hasta llegar a la meta.

Al escuchar esto, el cerebro del señor Maldonado se aclaró lo suficiente para recordar que si daba vuelta y atravesaba el jardín de juegos saldría directo a su estacionamiento y podría entrar por la puerta trasera de su edificio. A trompicones, cruzó a través de los arbustos que bordeaban el parque. En la penumbra, mientras corría desesperado entre estructuras metálicas y árboles secos, se escuchaban los sonidos de pisadas y ramas quebrándose. Varias veces sintió que algo suave y peludo rozaba sus muslos, sin hacerle daño.

Están jugando conmigo, pensó angustiado. Si quisieran ya desde mucho antes me hubieran atrapado.

¡Concéntrate en la competencia, no pienses estupideces!, ordenó el profesor Herrera.

El señor Maldonado no tuvo tiempo de reparar en lo que su entrenador exigía. Como si fuera un juez infernal tratando de descalificarlo, una figura salió de la oscuridad y saltó sobre él.

 

Sobre la mesa del comedor todo estaba preparado: dos kilos de retazo de pollo, veneno para ratas y un boleto de autobús a la ciudad de Monterrey. Después de confirmar con su hija el viaje y preparar sus maletas, el señor Maldonado había dedicado el resto de la mañana a envenenar cuidadosamente las piezas de pollo. Mientras hacía esto, la imagen de su esposa intentaba materializarse en su mente, pero él se esforzaba por apartarla. Ella nunca hubiera permitido que él hiciera algo así.

-Pero ella ya no está aquí -se escuchó decir después de un momento. Entonces recordó lo que le habían hecho -la vieja, el taxi, la unidad, (el mundo, ¡carajo!)-, y la forma en que le habían arrebatado lo que más quería. No dudó más. Cuando se asomó y vio que la anciana se alejaba rumbo al mercado, abrió la ventana que daba al departamento de su vecina y llevó a cabo su plan.

 

Con trabajos, el señor Maldonado alcanzó a hacerse a un lado lo suficiente para esquivar el golpe. La figura desapareció entre los árboles. Aunque sentía que sus piernas se negaban a responderle, siguió su carrera. ¿Qué quieren, demonios, qué quieren?, se preguntaba una y otra vez.

Quieren venganza, contestó una voz gutural desde lo más profundo de su cabeza. ¿Te suena conocido?

-Yo no tuve la culpa... -musitó-, yo no quería...

Como respuesta, lo único que obtuvo fue una serie de gruñidos, al tiempo que un perro se detuvo frente a él, obstruyéndole el paso. Al esquivarlo, casi perdió el equilibrio, pero consiguió mantenerse de pie apoyándose en los altos arbustos que delimitaban el parque. Sin detenerse, pasó entre ellos y vio con alegría que se encontraba en su estacionamiento. El edificio Cedros -su edificio (gracias Dios mío)-, se alzaba frente a él.

Entonces sintió una mordida en el muslo.

 

-Está muerta -dijo Galindo. Su voz se oía borrosa a través del auricular.

-¿Qué pasó?

-Ya sabes, estaba loca. Envenenó a sus perros y luego ella misma se tragó un frasco de pastillas.

-¿Y la policía?

-Nada; vinieron por el cuerpo y no sé adónde lo habrán llevado. Por cierto, qué bueno que estás de viaje, porque dicen que apestaba horrible.

-¿Y no preguntaron nada?

-Se supone que iban a interrogar a algunos vecinos, pero ya no regresaron. Ya sabes que les importa una fregada lo que pasa por aquí. Además, por si fuera poco...

-Tengo que colgar -interrumpió el señor Maldonado-. Me está llamando Yolanda.

Y colgó el teléfono.

 

De un jalón logró zafarse de la mordida, pero era como si tuviera una bayoneta clavada en la pierna. Avanzaba con dificultades, casi a trompicones. Los perros daban vueltas a su alrededor, lanzándole dolorosas tarascadas. Por favor, falta tan poco, suplicó. Cuando se encontraba en la entrada de su edificio sintió una nueva mordida en el costado, seguida de otra en el antebrazo.

¿Y si la puerta está cerrada con llave?, pensó cuando las pocas fuerzas que le quedaban estaban a punto de extinguirse. No tuvo tiempo de preocuparse por eso. De una dentellada uno de los perros le desgarró la pantorrilla. El rostro del señor Maldonado se descompuso a causa del dolor. Al desplomarse, apoyó su peso contra la puerta. Ésta cedió y él cayó de bruces dentro del edificio.

Desesperado, intentó cerrar la puerta, pero un ramalazo de dolor se lo impidió. Era como si por sus piernas, en vez de sangre, corriera plomo fundido. Los perros lo rodearon. Cerró los ojos, se encogió lo más que pudo y se cubrió con las manos. Aunque el instante duró sólo una fracción de segundo, al sentir sobre su rostro el aliento cálido y repugnante de los canes, en su mente aparecieron las caras sonrientes de su hija Yolanda y sus nietos; tenía tantas cosas que decirles y ahora era demasiado tarde. Luego vio el rostro de su vecina; la imaginó llegando a casa y contemplando los cuerpos inertes de lo que para ella era lo más cercano a una familia y el remordimiento lo desgarró más que cualquier herida. Sabía bien que nunca podría reparar el daño causado.

-¡Dios, perdóname! -murmuró arrepentido, extendiendo los brazos al tiempo que esperaba el ataque final. Pero éste no se produjo. Abrió los ojos y se vio reflejado en la mirada de los perros. Por un momento creyó encontrar en ella, no los relámpagos de odio salvaje que había visto antes, sino una chispa de compasión y entendimiento, como si de alguna manera los animales entendieran lo que estaba sintiendo. Durante un tiempo que le pareció interminable, los perros lo olfatearon y se miraron entre sí, como tratando de decidir lo que iban a hacer. Luego dieron vuelta y salieron del edificio, alejándose lentamente por donde habían llegado.

El señor Maldonado permaneció en el suelo, incapaz de comprender lo sucedido. Luego comenzó a llorar. Parecía como si dentro de él un nudo de emociones, largamente contenidas, se hubiera desatado por fin.

 

Julio Galindo estaba sentado en el lugar de siempre, esperando para despedirse de su amigo, quien acababa de ser dado de alta del hospital unos días antes y estaba por mudarse a Monterrey. No lo había visto desde hacía cuatro semanas, cuando el señor Maldonado tuvo que ser atendido de emergencia por las lesiones sufridas en el ataque. Debido a las mordidas, los músculos de una de las piernas habían quedado muy lastimados y nunca volvería a caminar como antes. Por eso, cuando Galindo vio que a la distancia, ayudándose con un bastón, se acercaba su amigo, su sorpresa fue mayúscula: sujeto de una correa, siguiéndolo mansamente, el señor Maldonado llevaba a un cachorro de Xolotzcuinctle.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 07/Jul/05
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