La criatura

Leo Mendoza

Era un gato atigrado, de pelambre dorada, que se paseaba desde hacía varias semanas allá abajo, en la acera de su calle.

Por las noches lo veía caminar elegantemente entre las sombras de los autos estacionados. Quizá sus dueños lo habían abandonado cuando la ciudad se despobló, cuando apariciones y fantasmas empezaron a vivir en los edificios abandonas y se hablaba de monstruosidades innombrables que ocurrían en las zonas donde las calle son estaban acordonadas y no podían darse el lujo de pagar a sus propios guardianes.

El gato era hermoso, solitario y libre mientras que ellos vivían temerosos, pendientes de sus pasos, atentos al más leve ruido, dependiendo de los transportes que los llevaban de las oficinas de la compañía a la zona habitacional y de regreso por la tarde, cuando la jornada había concluido.

En la tienda de la empresa -el único sitio seguro para hacer las compras- consiguió comida para gatos y algunas latas de pescado sintético libre de impurezas de acuerdo al certificado sanitario.

Esa noche salió a pasear por su cuadra. Hacía mucho tiempo que no lo hacía, desde cuando su mujer desapareció en el centro de la ciudad, ahí donde ahora sólo existía un enorme agujero negro, sin rastros de nada.

Caminaba en solitario a sabiendas de que allá: arriba, por encima de los rascacielos, estaba la oscuridad celeste, sin luna y sin estrellas.

El gato lo acompañó algunos pasos, se restregó en sus piernas, ronroneando, y luego se ocultó en lo que parecía una grieta del pavimento. No le fue difícil reconocer que su madriguera se encontraba en una vieja e inservible coladera:. En los altos edificios donde vivía los desechos y las aguas negras no existían. Todo se reciclaba para preservar la cotidiana tranquilidad.

El maullido lo sobresaltó. Aquel felino le parecía de una belleza absorbente. Le recordaba un tiempo lejano, cuando en el zoológico aún era posible ver un tigre real y no las maquinas que los habían sustituido. De niño vio a una bestia enorme, blanca y feroz, que era el último de su especie.

La voz del animal lo sobresaltó. Se veía a leguas que estaba hambriento. No lo dudó un instante. Subió a su departamento y abrió una de las latas.

Volvió a la calle, el maullido se escuchaba cada vez más débil y los ojos del felino brillaban anticipando el sabor de la comida.

El hombre se agachó para colocar la lata y entonces todo se precipitó en el abismo.

Una bífida lengua de mercurio se enrolló en su cuerpo y ahogó sus gritos.

Cuando la criatura terminó de comer, el gato atigrado salió de su escondite y se dirigió hacia la lata de pescado que permanecía intacta y abandonada sobre el pavimento.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/Abr/01